1968: ¡todo es posible en la paz!* (2/2)

Por Luis Eduardo Garzón Lozano

Crecía la inquietud en las calles y en las aulas y comenzaba la demanda de libertad para los estudiantes presos. Los líderes de la huelga veían muy lejos ya la posibilidad de resolver el conflicto fácilmente; el barrio universitario, cuyo corazón operativo era San Ildefonso, parecía un campo de batalla donde los autobuses eran robados e incendiados y se intercambiaban pedradas por macanazos y bombas lacrimógenas por

Al Colegio de San Ildefonso le tocaría protagonizar el verdadero inicio del conflicto. Mientras, en Ciudad Universitaria, los dirigentes realizaban reuniones de estrategia y estaban en constante comunicación con lo que sucedía en el centro de la ciudad; pero -recuerda González de Alba- con frecuencia llegaban rumores acerca de la proximidad del ejército. La inminente ocupación de las escuelas por la fuerza pública los preocupaba. Era la noche del 29 de julio de 1968 y, en su novela Regina, Antonio Velasco Piña, narra:
El ejército se aproximaba a las escuelas preparatorias avanzando en formación de combate. Los estudiantes se habían refugiado una vez más tras los altos muros del antiguo Colegio de San Ildefonso. El conocimiento de lo que estaba sucediendo en el centro de la ciudad produjo estupor y zozobra entre los dirigentes estudiantiles reunidos en Ciudad Universitaria. Con preocupado acento impartieron a través de las líneas telefónicas los consejos que estimaban pertinentes: 
—Salgan de inmediato antes que el ejército bloquee todas las salidas. No permanezcan ni un instante más dentro del edificio. Procuren salir por Justo Sierra y no por San Ildefonso. Por favor, compañeros no intenten oponer resistencia a las tropas.
Una vez abierto el paso, los atacantes reanudaron su avance y se aproximaron a las puertas de San Ildefonso. Varias docenas de ellos portaban unas enormes hachas que ponían de manifiesto el medio de que pensaban valerse para entrar al edificio.
La reacción no se hizo esperar. Un verdadero diluvio de proyectiles cayó sobre los policías ocasionándoles numerosas bajas. Azoteas y ventanas eran una especie de inagotables manantiales de los que brotaban cascadas de objetos. 
El ejército estaba tomando posiciones. Los tanques avanzaban con estrepitoso andar sobre las baldosas del pavimiento y numerosos cañones apuntaban con sus negras bocas a los muros, puertas y ventanas de San Ildefonso. Curiosamente, no fue la contemplación de los bélicos lo que causó mayor impacto en el ánimo de los adolescentes, sino el rítmico golpear en el piso de los estoperoles de las botas de los soldados.
Distribuidos en patios y corredores y rodeados de verdaderos remolinos humanos, los dirigentes de los comités de huelga externaron a grandes voces dos ideas fundamentales: la primera consistía en tratar de evitar cualquier acto de provocación en contra de las fuerzas policiacas: mientras los policías no atascasen a los estudiantes éstos debían de abstenerse no sólo de aventarles cosas sino incluso de insultarles. La segunda proposición planteaba los lineamientos del plan defensivo que podría adoptarse en el supuesto de que la policía intentase de nueva cuenta apoderarse de las escuelas. Era conveniente -explicaron los dirigentes- que un buen número de preparatorianos saliese de los edificios y se mantuviese a la expectativa en las calles cercanas, en esta forma, si los policías llevaban a cabo un asalto a los planteles, podrían atacarlos por la retaguardia y obligarlos a dividir sus fuerzas. 
Tal parecía que sólo el antiguo Colegio de San Ildefonso -asiento de la Escuela Nacional Preparatoria- inspiraba a los estudiantes la suficiente confianza como para guarecerse tras sus altos muros.
Sabedores de que el ejército estaba por llegar ante las puertas de San Ildefonso, los estudiantes no abrieron éstas, sino que optaron por utilizar como salida el vecino edificio de las calles de Justo Sierra. 
El impresionante dispositivo militar se fue alineando frente al antiguo Colegio de San Ildefonso. Tanques y cañones, ametralladoras y bazookas, apuntaban con sus negras bocas al colonial edificio. En las azoteas y ventanas de la sitiada construcción se movían de repente rápidas sombras, cuya presencia desmentía la inicial suposición de que todos los estudiantes habían optado por salir huyendo ante la llegada del ejército. El extraño silencio que imperaba en el ambiente fue roto por la gruesa voz del general José Hernández Toledo, quien megáfono en mano exclamó: 
—Muchachos, se acabó el juego. Tienen diez minutos para abrir las puertas y salir con las manos en alto. Salgan cuanto antes. Empieza el conteo. 
Las puertas continuaban cerradas y el improrrogable plazo estaba por llegar a su término. Los generales dialogaron brevemente respecto a cuál, de entre las distintas armas a su disposición, sería la más conveniente para efectuar la violación el edificio. Se decidieron por la bazooka. 
El general dio una orden y el soldado oprimió el disparador del arma.
Un horrísono estruendo cimbró al venerable edificio. Ensangrentados y desechos los cuerpos de los estudiantes salieron volando en todas direcciones. Un alud de soldados portando metrallas y fusiles con bayoneta calada se precipitó a través de la destrozada puerta. No tuvieron con quien usar sus armas, frente a ellos sólo había desmembrados cadáveres y graves heridos que se desangraban en el piso. 
El ejército había ocupado San Ildefonso; algunos estudiantes habían resultado heridos y otros muertos; los cadáveres serían incinerados y su existencia rotundamente negada, debían convocar cuanto antes a una conferencia de prensa y televisión, para dar a conocer la versión oficial de los sucesos; el conflicto había terminado.
El bazukazo no sólo había segado la vida de treinta y tres adolescentes y destruida una antigua puerta, su estallido había cimbrado las más profundas fibras de la Conciencia Nacional y ésta, finalmente despertaba. El conflicto que habría de derivarse para las autoridades como resultado de dicho despertar apenas estaba empezando.[5]


Sucumbiría la puerta centenaria, obra del taller de los Ureña, que fueron los más célebres carpinteros de mediados del siglo XVIII,[6]  que pasaría desde entonces a ser una anécdota más del movimiento. No importaría más la puerta sino el acontecimiento que con ella y por ella se produjo.
A la mañana siguiente, tras de conocer los sucesos, el ingeniero Javier Barrios Sierra anunció a la comunidad universitaria que, a las doce del día, en la explanada de Rectoría se realizaría un acto en respuesta a los acontecimientos en San Ildefonso. Puntualmente, el rector bajó de su oficina y se dirigió a la explanada para izar la bandera mexicana a media asta, como en una conmemoración luctuosa. Tras ello, se dirigió a los asistentes: 
Universitarios: Hoy es día de luto para la Universidad; la autonomía está amenazada gravemente. Quiero expresar que la Institución, a través de sus autoridades, maestros y estudiantes, manifiesta profunda pena por lo acontecido. La autonomía no es una idea abstracta; es un ejercicio responsable que debe ser respetable y respetado por todos. En el camino a este lugar he escuchado un clamor por la reanudación de las clases. No desatenderemos ese clamor y reanudaremos, a la mayor brevedad posible, las labores. Una consideración más: debemos saber dirigir nuestras protestas con inteligencia y energía. ¡Que las protestas tengan lugar en nuestra casa de estudios! No cedamos a provocaciones, vengan de fuera o de adentro; entre nosotros hay muchos enmascarados que no respetan, no aman y no aprecian a la autonomía universitaria. La Universidad es lo primero. Permanezcamos unidos para defender, dentro y fuera de nuestra casa, las libertades de pensamiento, de reunión, de expresión y la más cara: ¡nuestra autonomía! ¡Viva la UNAM! ¡Viva la autonomía universitaria![7]

La gota que derramó el vaso, el acontecimiento que cohesionó definitivamente a los estudiantes universitarios… el pretexto final para el comienzo del movimiento: el 1º de agosto, con las autoridades universitarias al frente, se organizó la marcha del silencio, que se calcula aglutinó a cerca de 50 mil participantes. El conflicto animaba a la preparatoria a seguir en la lucha…

Día tras día, los acontecimientos se sucederían en la ciudad de México. Faltarían todavía muchas escenas del libreto que estaba preparado para estudiantes, maestros y autoridades…

El 2 de octubre y sus consecuencias estaban cerca…

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*Capítulo tomado de Luis Eduardo Garzón Lozan, La historia y la piedra. El Antiguo Colegio de San Ildefonso, Editorial Miguel Ángel Porrúa, México, 2018, pp. 290-298.
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[5] Antonio Velasco Piña, Regina, Jus, México, 1987, pp. 355-366.
[6]Guillermo Tovar y de Teresa, La ciudad de los palacios: crónica de un patrimonio perdido, Obsidiana/Vuelta, vol. 1, México, 1991, p. 12.
[7] El texto de este discurso lo contiene el libro del maestro Jesús Silva Herzog, op. Cit., p. 161.

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