1968: ¡todo es posible en la paz!* (1/2)

Por Luis Eduardo Garzón Lozano

A pocos meses de la celebración de las olimpiadas en México, para los que la ciudad se preparaba con entusiasmo, en la Universidad existía un sentimiento de insatisfacción que influía en el ánimo de los estudiantes. Los conflictos que dos años antes habían concluido con la gestión del doctor Ignacio Chávez, seguían latentes. Es la época —escribe José Agustín— en que empezó a crecer la epidemia jipi entre jóvenes de clase media y de estratos populares en las ciudades.[1]  La ciudad crecía desordenadamente y, en todas sus calles, la vida anunciaba contradictoriamente la esperanza y el desaliento de la época.

En la preparatoria, al igual que en otras escuelas de la UNAM, la rebeldía sin causa estaba a la orden del día. En Europa, anunciaban los diarios, desde 1967 se realizaron marchas estudiantiles en busca del cambio.

El 23 de julio una pelea entre estudiantes de la Vocacional Dos y de una preparatoria particular, Isaac Ochoterenatrajo como consecuencia no sólo los vidrios rotos a pedradas de ambos planteles, sino la presencia de la fuerza pública, con instrucciones de actuar con energía.
 
Ante la presencia de los granaderos los estudiantes en pugna se metieron a sus escuelas y cerraron las puertas; pero los alumnos de la Vocacional Cinco, situada a unos pasos de ahí, salieron a enterarse de lo que pasaba, siendo perseguidos por los granaderos quienes penetraron en el edificio golpeando a diestra y siniestra no sólo a los estudiantes sino también a profesores y empleados de ambos sexos.

Javier Barros Sierra, rector de la UNAM, reflexiona sobre el inicio de este movimiento en una larga conversación con Gastón García Cantú a quien explica las características del movimiento estudiantil de 1968:
Ese movimiento se engendró como una protesta estudiantil, con la solidaridad de los profesores, por las agresiones realizadas por la fuerza pública contra los planteles escolares, concretamente se trataba de una escuela vocacional del Instituto Politécnico Nacional.
Fundamentalmente fue la respuesta a un ataque motivado, como se sabe, primero por la reyerta entre estudiantes de la escuela vocacional mencionada y de una escuela preparatoria particular, lo cual provocó que la policía entrara en la vocacional para detener a algunos estudiantes, incluso cometió algunos atropellos; después se produjo -esto es muy importante señalarlo- la doble manifestación del día 26 de julio de 1968. Una organizada por un grupo estudiantil oficialista del Instituto Politécnico Nacional, y otra, la manifestación que año con año venía efectuándose para le celebración del aniversario de la Revolución cubana. Todos sabemos que un grupo de los que integraban la primera manifestación fue invitado a participar en el fin o remate de la segunda en el Hemiciclo a Juárez; fue así que se desató en las calles una violencia muy considerable que dio lugar a una actuación más violenta de parte de la policía, lo que condujo a esa misma noche -me sigo refiriendo al 26 de julio- a la aprehensión de estudiantes, de algunos líderes o directivos del Partido Comunista Mexicano. Hasta ese momento sólo se vio definida una expresión pública de rechazo o de censura a la acción policiaca…[2]

Aún no era un movimiento y sin embargo las agresiones más que dividiendo a los jóvenes, estaban acercándolos. El resultado de la manifestación del 26 de julio fue la conformación de comisiones de estudiantes que de una a otra escuela iban intercambiando información y provocando la organización del movimiento.
Los lugares a los que las comisiones estudiantiles acudían en mayor número eran la Vocacional Cinco y la Escuela Nacional Preparatoria. Quienes visitaban estas escuelas salían de ellas llevando algo más que simples relatos sobre los recientes sucesos. Las imágenes que podían observar hablaban por sí mismas. Los ventanales y los interiores de la Vocacional Cinco parecían haber sufrido los efectos de un ciclón. La calle de San Ildefonso semejaba la de alguna ciudad dominada por la revuelta, con barricadas y restos de objetos quemados regados por todos lados. La barrera policiaca que impedía el acceso al Zócalo había sido considerablemente reforzada. Miembros de la Policía Judicial, tanto de la Federal como de la del Distrito, se habían unido a los granaderos y a los agentes de la Federal de Seguridad. Los estudiantes les observaban desde lejos y no dejaban de propinarles sonoras rechiflas.[3]

Ese mismo día muchas escuelas tomaron la decisión de ir a la huelga
El Director de la Prepa -escribe Luis González de Alba- una persona alta que llevaba una gabardina de color claro, organizaba la defensa del edificio. Me uní al grupo que lo acompañaba y subimos las escaleras. Pasamos junto a los murales de Orozco, casi no podían distinguirse porque sólo algunas luces estaban encendidas; seguimos por una galería muy larga, otro patio, este vacío y en absoluto silencio, una escalera estrecha y las azoteas. Vi algunas caras conocidas entre los que hacían guardia: eran las porras; ellos también me reconocieron. Pensé que mientras ayudaran a defender el edificio no estaría mal su presencia, pero no dejaba de inquietarme. El Director dio algunas indicaciones, preguntó por los guardias, después de conversar con algunos de ellos volvimos a bajar. En la enfermería improvisada se encontraron a un muchacho que tenía varios dedos rotos, era del Poli y había buscado refugio en la prepa durante la persecución. Traté de hablar con él, pero se mostraba muy receloso. 
Salí un momento en que se encontraba la puerta abierta, me acerqué al camión quemado y observé que los atacantes tomaban posiciones al final de la cuadra… Desde los balcones de sus casas, las señoras arrojaban objetos pesados contra los granaderos que avanzaban en filas cerradas; uno de ellos fue herido con un macetazo que le hundió el casco protector.

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*Capítulo tomado de Luis Eduardo Garzón Lozan, La historia y la piedra. El Antiguo Colegio de San Ildefonso, Editorial Miguel Ángel Porrúa, México, 2018, pp. 290-298.
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[1] Para conocer un perfil de la sociedad joven que se conforma al final de la década de los sesenta, en José Agustín, Tragicomedia mexicana 2, la vida en México (1940-1988), Planeta, México, 1990, pp. 9-17.
[2] Javier Barros Sierra, 1968, conversaciones con Gastón García Cantú, 5ª ed, colección El Hombre y sus obras, Siglo XXI, 1979, pp. 123-124.
[3] Una de las mejores crónicas del movimiento estudiantil de 1968 en México y donde narra lo acontecido en el interior de la preparatoria de San Ildefonso: Luis González de Alba, Los años y los días, Era, México, 1971, pp. 25-30.
[4] Ibidem.

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