MAESTROS MURALISTAS

Colegio de San Ildefonso: cuna del muralismo mexicano, una reflexión

Jonatan Chávez*

 

 

La pintura mural encontró en 1922 la mesa puesta. La idea misma de pintar 

muros y las nuevas ideas que iban a constituir la nueva etapa artística, las que 

le iban a dar vida, ya existían en México y se desarrollaron y definieron de 1900 

a 1920, o sea veinte años.

Por supuesto que tales ideas tuvieron su origen en los siglos anteriores, 

pero adquirieron su forma definitiva durante esas dos décadas.

José Clemente Orozco



Desde su origen, San Ildefonso fue un recinto consagrado a la educación y el conocimiento, sus espacios aún resguardan vestigios de otros tiempos, que son la evidencia de que el arte ha sido un instrumento por el cual el saber se ha expresado.

Con el establecimiento de la Escuela Nacional Preparatoria en 1867, de nuevo, las paredes fueron propicias para que los artistas de la academia de San Carlos expresaran el espíritu aspiracional de Amor, Orden y Progreso que el positivismo proponía como camino formativo para la sociedad mexicana, con las cuales el doctor Gabino Barreda sentó las bases de la educación preparatoriana, laica y liberal.

Juan de Mata Pacheco, El triunfo de la ciencia y el trabajo
sobre la envidia y la ignorancia
, óleo sobre tela, 1906.
Reproducción autorizada por el Instituto Nacional de
Bellas Artes y Literatura, 2016

Pintores como Juan Cordero (1822-1884) tuvieron la posibilidad de representar El triunfo de la ciencia y el trabajo sobre la envidia y la ignorancia (1874), puede decirse que este fue un primer intento de obra mural, que bajo los postulados positivistas de saber para prever y prever para obrar, reunían en una composición humanista y alegórica a la diosa Minerva, divinidad de la sabiduría y las aspiraciones de una sociedad moderna, que recordaba a todo aquel que miraba la obra, la gran responsabilidad que tenía al heredar un pasado clasicista y que en sus manos estaba el futuro de la patria.

De este mural solo se guardan el vano y la inscripción, además de una reproducción ejecutada en 1906 por Juan de Mata Pacheco, resguardada en el Museo Nacional de Arte, pues durante el rectorado de Vidal Castañeda y Nájera, el muro fue derribado colocándose el vitral de La bienvenida; estas huellas son la reiteración de que los muros de la preparatoria invitaban a la pintura a expresarse, si bien aún no había llegado su tiempo.

Como colegio jesuita, los dos lienzos de gran formato que aún se encuentran en la sacristía, obra del maestro Francisco Antonio Vallejo, demuestran que los muros estuvieron revestidos de pintura sacra monumental, que fue removida a raíz de los diversos usos que tuvo San Ildefonso en el tiempo, sin embargo, investigaciones de especialistas como Jaime Cuadriello, develan hoy que algunos de aquellos acervos se resguardan en museos regionales del interior del país.


En palabras de la investigadora Lynda Klich, nacionalismo decorativo fue una presencia en la pintura del último tercio del siglo XIX que se dio con la idea de destacar elementos e influencias de escenas pintorescas como fiestas religiosas, cargadas de símbolos potentes, personajes locales ataviados de modo tradicional con temas que van de lo popular a lo histórico como la conquista o el periodo virreinal. Artistas como Saturnino Herrán, Adolfo Best Maugard y el propio Roberto Montenegro pueden ser referentes de esta acción pictórica, cuyo propósito fue buscar en lo regional, artesanal e indigenista una identidad nacional moderna.

 

En los albores del siglo XX, la inquietud intelectual del decadente régimen porfirista, era construir una identidad nacional heredera de un pasado ancestral pero con la necesidad de ser moderna, civilizada, digna de ser incorporada a la historia universal, sin duda fue el tema que ocupó a pensadores que no dejaron nunca de mirar al viejo mundo, en una anhelante necesidad de construir bajo los mismos preceptos de la civilización dominante y que pronto se sometieron a las moda; ese movimiento fue el eclecticismo, que bajo la influencia francesa se le denomina Belle époque.

 

La pintura de este estilo convivió con movimientos como el simbolismo o el prerrafaelismo y guardaba marcadas influencias de lo orgánico de la naturaleza, elementos de culturas externas principalmente, provenientes de otras latitudes: términos como japonismoorientalismo y africanismo, todos reunidos bajo el concepto de exotismo fueron parte de este estilo que predominó en el viejo mundo desde el último tercio del siglo XIX, hasta la primera década del siglo XX, como reflejo del neocolonialismo que los imperios y naciones europeas ejercían sobre el mundo: era el lenguaje de una estética eurocentrista que se veía a sí misma como la cúspide de la civilización y la modernidad humana.

 

Sin embargo, hubo un pintor, Gerardo Murillo (Dr. Atl) quien, tras haber conocido la pintura occidental, visualizaba que la tierra americana sería propicia y generosa para inspirar nuevas ideas a los artistas: él hacia su parte en aquellos talleres nocturnos que impartía, motivaba a arriesgarse, a seguir su formación con la finalidad de crear un lenguaje propio.

 

En el marco de las fiestas del centenario de 1910, el gobierno porfirista celebró una magna exposición de pintura española que exaltó los ánimos de los alumnos y al mismo Dr. Atl, que lo llevaron a manifestarse. Como resultado, a los pintores de San Carlos se les apoyó para realizar una exposición paralela en septiembre del mismo año. Gracias al éxito obtenido, se agruparon en un una sociedad que llamaron Centro Artístico, que tuvo a bien solicitar a la Secretaria de Instrucción Pública el recién construido anfiteatro de la preparatoria, que se les concedió para ser revestido de murales; sin embargo, sus sueños se vieron interrumpidos por el levantamiento armado de noviembre y la idea no volverá ser realidad sino hasta después de1920.

  

Nombrado Secretario de Educación, José Vasconcelos tenía la idea de generar un programa de renovación cultural con un lenguaje propio, en aras de la construcción de identidad nacional mexicana; no hay que olvidar que Vasconcelos visualizó el muralismo en la evangelización llevada a cabo por frailes y misioneros del siglo XVI: estaba convencido que el uso de la imagen tendría el mismo efecto, pero ahora con la construcción de un lenguaje pictórico sustentado en el pasado milenario indígena y la cultura occidental. Los espacios públicos esperaban esta acción, y por tanto, de nuevo San Ildefonso y el colegio Máximo de San Pedro y San Pablo fueron retomados.

 

Iniciado el proyecto, se presentó el caso de un artista originario de Guadalajara, Roberto Montenegro y Nervo (1887-1968), quien fue uno de los pintores que perteneció a la generación del Ateneo, cuya formación transitó entre dos siglos. Tras haber hecho estudios en la Academia de San Carlos, en 1905, el artista obtuvo una beca que le llevó a estudiar a Europa y a radicar en París, Madrid y Berlín lo que le permitió conocer el movimiento eclectícista de la Belle époque. A su regreso a México en 1919, Montenegro replanteó su propio concepto de exotismo, su idea de nación mexicana.

 

José Vasconcelos pensó que el artista de Guadalajara podría ejecutar un mural en el ex Colegio Máximo de San Pedro y San Pablo. Montenegro aceptó el proyecto y realizó un tema denominado El árbol de la vida y la ciencia, que representó alegorías alusivas a las artes y las ciencias, donde mujeres estilizadas simbolizaban la civilización sobre la brutalidad, la ignorancia y la muerte provocada por la guerra; el hombre al centro es un guerrero conquistador movido por el instinto, se mantiene firme, rígido como base de ese árbol que, en conjunto, genera un efecto visual de estar debajo y la vez ser raíz de éste. 

 

En tres cuartas partes del muro, Montenegro recrea un árbol revestido de fantasía, mítico, de ramas fuertes y frondoso follaje, resguardo para aves y animales entre los que se encuentran jaguares, fauna que enuncia la reminiscencia a las civilizaciones originarias, las evoca mas no las representa. Puede ser un jardín de las hespérides, las inmediaciones del jardín del Edén a la sombra del árbol de la sabiduría, pero en este caso son enormes flores que pesan sobre la enramada, aromáticas y hermosas, para ser arrancadas por el hombre y así sucumbir ante la tentación de probar el conocimiento siempre.

 

Realizado en técnica de temple y encáustica El árbol de la vida y la ciencia es una evocación de sentido renovador que a través de la cultura podía suceder, con lo que se daría paso a la civilidad y sublimación del espíritu de identidad, donde pasado y presente se reúnen. Sin embargo, como lo menciona la investigadora Lynda Klich, el mural de Roberto Montenegro con su composición y trazo estilizados, evoca el modernismo de fin-de-siécle, meramente decorativo.

 

Ya para la década de 1920, en especial 1921, cuando Roberto Montenegro pintó el mural, la estilística modernista era vista como algo anticuado, rebasado: Si bien el estilo del artista estaba muy cimentado en aquella tendencia, tuvo la posibilidad de experimentar con estéticas contemporáneas, pero su mural no dejaba de verse como algo anacrónico que en lo decorativo tenía calidad, mas no un significado profundo. Aunado a los símbolos de la bóveda, ejecutados por el maestro Xavier Guerrero, la obra del Colegio Máximo de San Pedro y San Pablo no fue suficiente para ser considerada como parte del movimiento de renovación cultural que en la preparatoria de San Ildefonso se ejecutaría de manera paralela.

 

La cuna del muralismo en San Ildefonso estuvo hecha de maderos arcaicos. Su origen ha sido destino llevado a transiciones que incluso generaron entre los artistas claras y marcadas diferencias sobre sus puntos de vista, conceptos y sustentos para ejecutarlos; sin embargo, con todas sus controversias y divergencias —algunas llevadas al extremo—, los implicados tuvieron en común un profundo sentido de compromiso: de algún modo sabían que estaban ante un proyecto que buscaba un lenguaje pictórico propio para una nación en ciernes, heredera de una tradición milenaria y que a través del muralismo continuaría siendo referente en el arte del mundo del siglo XX.



Roberto Montenegro, El árbol de la vida y la ciencia (1922). Ábside del ex Templo de San Pedro y San Pablo.


BIBLIOGRAFÍA

 

  • Arte de las Academias. Francia y México siglos XVII- XIX. México, Antiguo Colegio de San Ildefonso, 1999.
  • Libros pintados. Murales de la Ciudad de México. México, Artes de México, 2015.
  • Matute, Álvaro. La revolución mexicana: actores, escenarios y acciones. Vida Cultural y política 1901-1929. México, Editorial Océano, 2002.
  • Orígenes, a 150 años de la fundación de la Escuela Nacional Preparatoria. México, Antiguo Colegio de San Ildefonso, 2017.
  • Pinta la Revolución. Arte moderno mexicano. México, Museo de Arte de Filadelfia-Museo del Palacio de Bellas Artes, 2016.
  • Ramírez, Fausto. Modernización y modernismo en arte mexicano, México, UNAM, 2008.

Descargar PDF

¿Quieres saber más sobre la historia del Colegio de San Ildefonso?


        

Comentarios

Populares