MEMORIA COMPARTIDA

 

Manuel Gamio Martínez
Precursor del estudio del patrimonio cultural de México


Jonatan Chávez* 

 El que habla de unión habla de diferencias, porque si no hubiera diferencias no habría nada qué unir. Yo he dedicado mi vida a creer en las diferencias.

Doctor Miguel León-Portilla


Hacia finales del siglo XVIII, bajo el gobierno del virrey José Joaquín Vicente de Iturrigaray se llevó a cabo un proceso de enderezamiento de calles que detonó en excavaciones que dieron con una escultura mexica que hoy se exhibe en el Museo Nacional de Antropología e Historia: la Coatlicue.

La pieza causó conmoción y devoción entre los pobladores indígenas de la Nueva España quienes pronto le llevaron flores y velas. Por temor a despertar idolatría y por instrucciones del virrey, la Coatlicue fue nuevamente sepultada y no volvió a ver la luz sino hasta que el barón Alexander Von Humboldt solicitó verla en 1803; la historia de la arqueología en México comenzaría como disciplina en sí misma.

En el siglo XIX cuando Manuel Gamio Martínez vio la luz por vez primera (1883), la arqueología era una disciplina que ya estaba en camino de formalizarse y un método para el estudio del pasado a través de los vestigios; sin embargo, en México aún estaba todo por crearse.

Arqueólogo y antropólogo Manuel Gamio, Foto Archivo Casasola

Arqueólogo y antropólogo Manuel Gamio,
Foto Archivo Casasola.

Arqueólogo, antropólogo y etnólogo, Manuel Gamio hizo estudios en la Escuela Nacional Preparatoria de San Ildefonso para luego enfocar su trabajo al estudio del pasado; más adelante, de 1909 a 1911, obtiene una beca que lo lleva a estudiar con Franz Boas antropología en la Universidad de Columbia en Nueva York.

A su regreso a México en 1913, Manuel Gamio estaba a cargo de la jefatura de Inspección General de Monumentos Arqueológicos, consistente en vigilar y observar los procesos de excavación y demolición de edificios de la capital mexicana. Cierto día acudió a la esquina de las entonces calles de Santa Teresa y Seminario, donde se había derribado una construcción de tiempos virreinales que develó una escalinata y las alfardas de la esquina sur-poniente de la pirámide de Huitzilopochtli y algunas serpientes emplumadas que marcaban el arranque de las alfardas.

Entre los refuegos y aspavientos detonados por el asesinato de Madero y Pino Suarez, la dictadura de Huerta y las correrías de militares que tenían asolados a los habitantes de la ciudad de México, en medio de todo eso Manuel Gamio llevó a cabo la excavación en el corazón mismo de la capital; gracias a sus conocimientos en estratigrafía —que había puesto en práctica para el valle de México por vez primera en Azcapotzalco—, pudo determinar de manera precisa la secuencia constructiva de las diversas etapas de esta edificación precolombina.

El descubrimiento aportó importantes referencias para precisar el posicionamiento de la estructura del recinto ceremonial mexica, y más tarde, la revista Ethnos publicaría algunos artículos del maestro Gamio. Uno de los que causaron mayor impacto fue el publicado en el congreso Internacional de Americanistas de 1917.

En ese mismo año, se crea por decisión de la primera legislatura del Congreso de la Unión, el Departamento de Arqueología y Etnografía como dependencia de la Secretaria de Agricultura y Fomento, que en 1919 cambiaría de nombre al de Dirección de Antropología, proyecto de gestión y conservación patrimonial impulsado por Manuel Gamio y que gracias al apoyo del secretario de agricultura Pastor Rouix, comenzó a generar grandes aportes.

Manuel Gamio dividió el país en once regiones, bajo el criterio de que ahí se encontraban reminiscencias antropológicas de las antiguas civilizaciones que habitaron el entorno hoy conocido como México. Esta división contribuiría un trabajo enfocado y de mayor precisión para dirigir los procesos de investigación, quedando establecidas las regiones de la siguiente forma: 1. México, Hidalgo, Puebla y Tlaxcala, 2. Oaxaca y Guerrero, 3. Chiapas, 4. Yucatán y Quintana Roo, 5. Tabasco y Campeche, 6. Veracruz y Tamaulipas, 7. Jalisco y Michoacán, 8. Querétaro y Guanajuato, 9. Chihuahua y Coahuila, 10. Sonora y Sinaloa y 11. Baja California.

Asimismo, en plena efervescencia constitucionalista (1917), comenzaron los trabajos de modo integral en el valle de Teotihuacán. La elección de esta región obedeció a la división que el mismo Manuel Gamio realizó del país, y esta zona era la representativa de la región uno.

El arqueólogo generó un equipo de trabajo multidisciplinario que desencadenó en un proyecto integral, innovador para su tiempo, pues incluía estudios de la época prehispánica, virreinal y moderna. Gamio se respaldó de un equipo integrado por especialistas en diversas áreas: arqueólogos, lingüistas, antropólogos, físicos, folcloristas, minerólogos, biólogos, geólogos, arquitectos, artistas para los distintos periodos que había tenido la región. El proyecto se publicó en 1922 con el nombre de La población de Teotihuacán, descubriéndose en el proceso de trabajo el Templo de Quetzalcóatl o La ciudadela, como también se le llama.

En un contexto decimonónico, colonialista y de selección clasificatoria excluyente, el proyecto de Gamio resultó esencial y de visión opuesta a lo establecido, pues se dio a la tarea de establecer sinergias entre el estudio del pasado y relacionarlo con el presente: encuentra que las poblaciones más importantes de la región, la indígena y la mestiza son herederas de la población ancestral y que aún bajo un mismo espacio geográfico resultan abismales las desventajas entre ambas.

La intención entonces era generar un proyecto de relación con el pasado, no como algo inerte colocado en pedestales a manera de monumentos, sino más bien deja ver una continuidad histórica que a través de las costumbres, la economía, las ceremonias, los vínculos comunitarios y familiares, mantenidos más de las veces en resistencia para no morir y mantener su identidad, situación que era vista como renuencia a “asumir el progreso” porfirista, bajo la mirada occidental de las autoridades que veían este comportamiento a las comunidades indígenas como “atrasadas” y ordinarias.

También hizo énfasis en que el Estado debe ser resguardatario y promotor del fomento del estudio del pasado arqueológico, en la generación de instituciones que diesen metodologías y procesos científicos en los diferentes rubros, pues en ello radica la base cultural de acercar a sus gobernados el conocimiento de sus orígenes, entender su riqueza cultural y mostrársela. De ahí que Gamio sea un referente en la museografía y museología de nuestro país y en consecuencia puede decirse que sembró la simiente para la gestión patrimonial detonante de la promoción de la cultura en un estado que estaba en ciernes y se apoyó en sus aportaciones a principios del siglo XX.

Entre las obras de este investigador y divulgador prolífico, se pueden mencionar Forjando patria (1916); El inmigrante mexicano (1930) y Consideraciones sobre el problema indígena (1948). Es un hecho que a sesenta años de su fallecimiento en 1960, la de Manuel Gamio se vuelve obra referente y visionaria, cuando hoy se entiende que la riqueza cultural de México está en la diversidad de sus poblaciones indígenas que han resistido y florecido cada vez, al mismo tiempo potentes y dignas.


Bibliografía 

· Descubridores del pasado en Mesoamérica. México, Antiguo Colegio de San Ildefonso, 2001.

· Matute, Álvaro. La revolución mexicana: actores, escenarios y acciones. Vida cultural y política 1901-1929. México, Editorial Océano, 2002.

· Seis ciudades de Mesoamérica: Sociedad y medio ambiente. México, INAH, 2011.




Historiador y Coordinador de Voluntariado y Servicios al Público de Colegio de San Ildefonso. 


 
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