San Ildefonso en el Tiempo | Jesuitas y conocimiento

Los colegios jesuitas
y su labor difusora de conocimiento

Jonatan Chávez*

Desde la llegada de los jesuitas a la Nueva España en 1572, la creación de colegios para formar misioneros y educar a los integrantes de la sociedad novohispana fueron labores sustanciales de la compañía, que al paso de casi doscientos años quedó impresa en la estructura de la sociedad y su efecto en la cultura de aquel contexto histórico que hoy es parte ineludible de la cultura mexicana. 

Los colegios tenían funciones específicas, había unos llamados mayores como San Pedro y San Pablo destinados a estudiantes con grado, obtenido en las aulas de la Universidad Pontificia de México; los menores como el caso del Antiguo Colegio de San Ildefonso, tenían la función de ser una residencia donde se impartían clases y disciplinas que preparaban a los ahí reunidos para asistir a la Universidad en busca del preciado reconocimiento gradual.

En una sociedad estamental, donde el sentido de predestinación divina estaba presente en el quehacer cotidiano, los colegios jesuitas como San Ildefonso formaron parte de una estructura nodal, vasos comunicantes de una sociedad que exaltaba sus devociones, pero al mismo tiempo fueron reservorios de conocimientos que sirvieron para conocer el territorio y sus poblaciones, de modo que, cada colegio fue un espacio para generar, divulgar y resguardar saberes de todo lo que los misioneros enviaban desde las lejanas latitudes del norte novohispano.

Fundamental en el proceso evangelizador de los jesuitas era conocimiento de los idiomas hablados por los indígenas, colegios como el de Pátzcuaro -fundado al año de su llegada en 1573- y más tarde el noviciado de Tepotzotlán que, tras ser tomado por los jesuitas en 1585, se convirtieron en recintos para aprender alguno de los idiomas hablados por las comunidades.

Se les llamaba padres “lenguas” a aquellos integrantes de la compañía de Jesús que se dedicaban al aprendizaje de idiomas como el purépecha, náhuatl y otomí; personajes como Francisco Javier Clavijero, Xavier Alegre estudiaron e impartieron lecciones en el seminario de Tepotzotlán. 

El método educativo de la Ratio Studiorum implementado en los colegios jesuitas fue el más importante durante el Renacimiento en su estructura se impartían lecciones o academias de derecho civil, derecho canónigo, teología, filosofía, pronto la educación jesuita fue muy solicitada en las ciudades virreinales que dieron origen a la expansión y prestigio de los integrantes de la orden. 

Personajes como Antonio Núñez de Miranda (1618-1695) quien fuera el confesor de Juana Inés de la Cruz, fue también provincial de la Compañía de Jesús y por su dominio en temas teológicos era considerado una eminencia, ejemplo de los cientos de personajes referentes del siglo XVII por su dedicación al estudio. 

Todo ese cúmulo de conocimiento requería no solo de resguardo, también de difusión, con el proceso de ampliación del colegio de San Ildefonso realizado de 1712 a 1749, no solo dio paso a la creación de los recintos que conocemos, también se estableció la biblioteca que bien pudo haber ocupado el espacio al lado del salón el Generalito inaugurado en 1740, lamentablemente los múltiples usos que el colegio ha tenido, borraron la huella del espacio físico que la biblioteca tuvo.

Miguel Cabrera, Maravilla americana y conjunto de
raras maravillas
, 1756. Imprenta Real y más antiguo
Colegio de San Ildefonso.
Respecto a la imprenta, los jesuitas la solicitaron desde los primeros años de su llegada a tierras novohispanas, no les fue otorgada sino hasta el siglo XVIII, de 1748 hasta su expulsión en 1767, fue establecida en el Colegio de San Ildefonso con lo que se dará un ejercicio intenso de publicaciones y difusión de escritos que llegaron a todos los rincones del virreinato como Maravilla Americana publicado en 1756, texto que daba testimonio académico de los pintores más destacados como Miguel Cabrera, Francisco Antonio Vallejo José de Alcibar sobre la imagen de la virgen de Guadalupe como imagen sagrada y que detonó el fenómeno de las pinturas tocadas que propagó el culto guadalupano en todo el virreinato. 

En el siglo XVIII la observancia sobre obras consideradas peligrosas para mantener la pureza de la doctrina, fueron señaladas para no estar en los estantes de la biblioteca, autores como Descartes, Newton o Leibnitz estaban dentro de lo no recomendable, sin embargo, como lo refiere Gerard Decorme: fueron leídos con profundo análisis por personajes como Rafael Campoy y Clavijero quienes los encontraron en la parte más olvidada de la biblioteca. 

La información llegada de las misiones era recabada y enviada al Colegio de San Ildefonso, donde los expertos en lenguas les daban forma para ser impresas y difundidas en los distintos territorios donde la presencia jesuita estaba presente; el registro y documentación de cada proceso fe la evidencia clara que había una necesidad de mantener la memoria, enriquecer los acervos informativos que contribuirían a un mejor conocimiento del espacio, sus gentes y maneras de acercarse para obtener mejores resultados en su labor evangelizadora que si bien era su labor pero ampliaron su óptica para ver el mundo más allá del dogma.

Después de la expulsión de los jesuitas en 1767, el ayuntamiento de la ciudad comenzó un litigio con la corona española para devolver la misión educativa al Colegio de San Ildefonso, la resolución del rey llegó en 1773, y una de las instrucciones principales fue: Que el examen y depuración de libros de doctrina laxa y manuscritos se ejecuten en la biblioteca de aquel colegio; referencia que aun se resguarda el Archivo Histórico de la Ciudad de México 

Con la expulsión, el desmembramiento de la biblioteca del edificio fue eminente, personajes como Lorenzo Boturini se dieron a la tarea de adquirir parte de esas colecciones, sin olvidar las aportaciones de los jesuitas novohispanos que desde el exilio escribieron sobre la riqueza del pasado cultural, material de México la tierra que los vio nacer.

Al día de hoy, se conservan ejemplos de libros de oraciones, ejercicios espirituales, rosarios, libros de coro escritos en “Lengua Mexicana” como le designaban los españoles de manera genérica a los idiomas hablados por los originarios de estas tierras, generalización nada asertiva para identificar la enorme riqueza idiomática de los multidiversos grupos poblaciones que habitaron el norte, sin embargo, una de las mayores aportaciones jesuitas a la historia cultural fue el aprendizaje de estos idiomas, la prueba son los textos escritos en cora, huichol, tarahumara, cahita entre otros.

Bibliografía 

  • Gonzalbo Aizpuru, Pilar. La Educación popular de los jesuitas. México, UIA, 1989.
  • Gonzalbo Aizpuru, Pilar. Educación, familia y vida cotidiana en el México Virreinal. México, COLMEX, 2013.
  • El Arte de las Misiones del Norte de la Nueva España 1600-1821. México, ACSI, 2009.
  • Decorme, Gerard. La Obra de los Jesuitas mexicanos durante la época colonial. 1572- 1767. Tomo I Fundaciones, México, PORRÚA, 1941.
  • Chevalier, Jean. Historia de los latifundios en México. México. F.C.E. 1997.
  • Bethell, Leslie. Historia de América Latina. 2.América Latina Colonial: Europa y América en los siglos XVI, XVII y XVIII. Barcelona, CRÍTICA, 1998.
  • Vargaslugo Elisa. (1997) El Real y Más Antiguo Colegio de San Ildefonso, en Antiguo Colegio de San Ildefonso, México, NAFIN, 1997

*Historiador, Coordinador de Voluntariado y Servicios al Público del Colegio de San Ildefonso.

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