San Ildefonso en el tiempo | Miguel Cabrera (1/2)

Maestros novohispanos en los lienzos 
de El Generalito del Colegio de San Ildefonso 
Miguel Mateo Maldonado Cabrera
Jonatan Chávez* 

En el año de 1753, concibieron el proyecto 
de plantear en México una Academia, a semejanza 
de las que por entonces empezaba a haber 
en España, pusieron a su cabeza a Cabrera, con 
el carácter de presidente perpetuo.
Bernardo Couto

El periodo virreinal solía revisarse desde una especie de estatismo y rigorismo que parecía privar y subordinar el cotidiano novohispano, una especie de sojuzgamiento a imposiciones incuestionables; sin embargo, la sociedad novohispana se mantuvo en constante movimiento, no estaba aislada y su comunicación con la metrópoli — a la que no solo miraba con un sentido de emulación—, le llevó a una exaltación vibrante de su propia estructura cultural, lo que la hizo buscar sus propios lenguajes de expresión en todos los aspectos.

El concepto que se tiene de las academias no fue estructura impuesta desde la metrópoli con el establecimiento de la de San Carlos en la Ciudad de México en 1781; ya desde 1753, había una inquietud manifiesta por parte de los pintores novohispanos por establecer una estructura que les otorgara protecciones de parte de las autoridades, ante lo que en su momento se consideró mal ejercicio del oficio de pintar en la ciudad de México. Así lo revisa la investigadora Mina Ramírez Montes en su trabajo Defensa de la pintura: Ciudad de México 1753, texto que devela la situación prevaleciente en la Nueva España del siglo XVIII sobre el tema.

Archivo Colegio de San Ildefonso
Cuatro de los veinte lienzos del El Generalito están firmados por artistas novohispanos como Miguel Cabrera, José de Alcíbar, Andrés López y Miguel Álvarez, sin olvidar a Francisco Antonio Vallejo, autor de los lienzos de gran formato en la sacristía del recinto. Es un hecho que hubo tantos artistas como pintura en el Colegio de San Ildefonso; sin embargo, como se ha dicho en anteriores ocasiones, el espacio fue objeto de múltiples usos y procesos que devinieron en la pérdida del acervo artístico creado ex profeso para la institución en el periodo virreinal.

Con base en el texto revisado por la Doctora Ramírez Montes, lo que buscaban los artistas novohispanos a mediados del siglo XVIII, era la creación de una academia que obtuviese el patrocinio del rey y les permitiera hablar libremente del oficio de pintor, así como impartirlo alejado de las sujeciones e imposiciones de ese gremio, existentes en la Nueva España desde 1557. Esto es una referencia puntual para ir dejando de lado la idea de que todo lo que sucedía en la Nueva España era impulsado desde afuera.

La visión de una sociedad sometida e inerte no fue del todo cierta; Ramírez Montes cita hechos incluso anteriores a 1753, donde ya se prefiguraba un proceso de aprendizaje de las artes, no correspondiente al impuesto por las cédulas y normativas de siglos anteriores, que dieron origen a los gremios. Sin embargo, como ella afirma: dicha sociedad ya estaba caminando, y en ese andar, sin duda, se cuestionaba por qué mantener atavismos que, más que dar orden, les alejaba de los beneficios que pudiesen obtener en caso de recibir la venia de sus majestades, vía la interlocución de las autoridades virreinales.

Es importante señalar que los gremios se establecieron con un profundo carácter de estratificar en aras de mantener el ejercicio de las artes a favor de los estamentos más privilegiados de la sociedad novohispana, los cuales marcaban restricciones a los individuos por su origen de sangre, bajo excusas que hoy nos resultan risibles o completamente fuera de la realidad. Es indudable que, de algún modo, esos pretextos también lo fueron para las personas de aquellos tiempos.

@ Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes
No obstante, la mejor manera de superarlos fue a través de ejercer el oficio y de los alcances obtenidos: un caso es el del maestro Miguel Mateo Maldonado Cabrera (1695-1768), mulato originario de Antequera (Oaxaca), quien formó parte del proceso de creación de la Academia de San Carlos (1753) y fue presidente de la misma. Su origen no le impidió trabar relación con el mecenazgo del clero secular y regular novohispano; al contrario, fue firmante de uno de los documentos más significativos y que muestran un carácter determinado: la solicitud de beneficios y aval en el estudio de ayate de Juan Diego, del que derivó la redacción del texto Maravilla americana y conjunto de raras maravillas observadas con la dirección de las reglas de el arte de la pintura en la prodigiosa imagen de Nuestra Sra. de Guadalupe de México (Imprenta del Real y más Antiguo Colegio de San Ildefonso, 1756).

La cercanía de ambos textos permite la posibilidad de revisar las conexiones que tuvo el artista con sus principales clientes (entre los que se encontraba la Compañía de Jesús). El lienzo de El Generalito firmado por el artífice oaxaqueño corresponde a la figura de Diego Peredo, retrato hecho a manera de homenaje en 1766, dos años antes del fallecimiento de Cabrera y con motivo de la consagración del representado como obispo de la ciudad de Valladolid (hoy Morelia), donde había estudiado gramática, filosofía y teología.

Su capacidad intelectual y habilidad en el estudio, llevó a Diego Peredo a la Ciudad de México. Ya instalado en el Colegio de San Ildefonso, estudió cánones o derecho canónico durante cinco años para luego obtener, el grado de bachiller en Filosofía por parte de la Real y Pontificia Universidad de México. La vida académica de Diego Peredo es la ruta que nos permite entender cómo era el proceso educativo al interior de los colegios jesuitas en el periodo virreinal.

Su trayectoria administrativa le llevó a ser abogado en la Real Audiencia y estuvo atento a los asuntos procedentes de su tierra de origen (Michoacán). También fue juez y comisionado de la Inquisición, consejero de virreyes y como la cartela de su lienzo lo señala, en el Colegio de San Ildefonso se conmemoró su ascenso como obispo con un acto de cánones, que fue justamente la especialidad en la que se preparó en el recinto jesuita.

En posición de tres cuartos, de pie, Miguel Cabrera retrató a Diego Peredo con gesto adusto, entrecejo fruncido y boca ajustada, que develan un carácter disciplinado y severo, contrastante con la posición de las manos —que el artista tamiza—. Ese personaje reitera con convicción que todo lo alcanzado se lo debe a sus saberes, ya que la otra mano está colocada sobre un libro, lo cual simboliza estudio, dedicación y fortaleza puesta en la letra.

La escena que enmarca al obispo de Valladolid es un librero. Cada lomo define los saberes aprendidos por Diego Peredo y en los que se especializó; el cortinaje, alusivo al servicio de la nobleza y su escudo de familia, son símbolos reunidos de su origen. El servicio administrativo al que se consagró, ataviado con el carmesí del rango alcanzado, lleva debajo la evocación de su formación jesuita, a la que rinde homenaje, sobre la mesa, la tiara de grado eclesiástico y debajo de ella, la cartela de los logros del personaje en vida.

La retratística novohispana ejecutada por Cabrera y los otros pintores no solo fue resultado de una imposición en la forma de presentación —como incisivamente se ha pretendido remarcar y etiquetar la obra de los imagineros novohispanos—: será motivo de revisión cada una, lo cual permitirá poner de relieve lo señalado por la Doctora Ramírez Montes. Así como en el presente se aspira a una movilidad social, en el pasado no fue distinto, también se buscaba un mejor lugar en una sociedad como la novohispana, tan estratificada; si bien las restricciones fueron muchas, también hubo maneras de hacer uso de vías establecidas para alcanzar los objetivos deseados, y los lienzos de El Generalito son evidencia de ese proceso.

Bibliografía

  • Brading, David. La Nueva España: Patria y religión. México, FCE, 2015.
  • Bethell, Leslie. Historia de América Latina. Tomo III: “América Latina colonial: Sociedad y cultura”. Barcelona, Cambridge University Press - Crítica, 1998.
  • Decorme, Gerard. La obra de los jesuitas mexicanos durante la época colonial: 1572- 1767. Tomo I: “Fundaciones”. México, Porrúa, 1941.
  • Gran Historia de México ilustrada. Tomo II: “Nueva España 1521-1750”. México, Planeta De Agostini- Conaculta -INAH, 2004.
  • Ramírez Montes, Mina. En defensa de la pintura: Ciudad de México, 1753. México, Instituto de Investigaciones Estéticas, UNAM, 1990.

 *Historiador, Coordinador de Voluntariado y Servicios al Público del Colegio de San Ildefonso.

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