MAESTROS MURALISTAS

 

Entre México y Estados Unidos

La obra mural de Diego Rivera en la década de los treinta 

I. Epopeya del pueblo mexicano

Jonatan Chávez*

 

Es el único intento, en toda la historia del arte, para representar

en un solo lienzo continuo de pared la historia de todo un pueblo

desde su pasado remoto hasta su futuro predecible

Diego Rivera


 Diego Rivera, Epopeya del pueblo mexicano. Palacio Nacional.


La falsa modestia nunca fue ejercicio cotidiano en la vida de Diego Rivera; al contrario: muchas de las críticas de las que era objeto radicaban en la desmesurada ambición que movía al artista (así veían algunos de sus contemporáneos las acciones del pintor). Por tanto, asumir la tarea de sintetizar la historia milenaria de un pueblo, en el centro mismo de su origen —como la tradición lo dicta: en el Palacio Nacional—, impulsó a Rivera a dejar plasmada una de las obras que más allá de su opinión y representación particular, es sin duda, una de las más representativas del movimiento muralista del siglo XX en México.

Los años de 1929 a 1935 fueron un periodo en el que, de modo paralelo, Diego Rivera trabó convenios en los Estados Unidos para ejecutar obra mural: San Francisco, Detroit, Nueva York serían algunas de las ciudades donde su trabajo pudo ser admirado, del mismo modo que el palacio de gobierno de la ciudad de Morelos o el Palacio de Bellas Artes sean inmuebles que resguardan la obra pictórica del artista.

En Palacio Nacional, cuatro fueron los momentos en los que se desarrolló la intervención artística que fue llamada Epopeya del pueblo mexicano: la primera fase se refirió al México Antiguo (1929); la segunda al México de la Conquista (1929-31); la tercera al México de hoy y mañana (1934-1935).

El cuarto momento estuvo acorde con su visión del mundo precolombino y fue ejecutado en el segundo nivel del edificio entre 1942 y 1951, y consistió en una evocación del mundo antes de la llegada de los españoles. Una visión muy particular fue la que hizo Diego Rivera, sobre lo que entendió del pasado precolombino, en la que no solo hizo un despliegue de conocimientos sobre las civilizaciones antiguas, sino también de estilo y composición que más que un modo de pintar, era la manera genuina de representar.

La técnica de Diego Rivera es inconfundible. Tomar el Palacio Nacional más allá del espacio arquitectónico, es el espacio simbólico que el inmueble representa. Aquí se concentra el constructo de lo mexicano, aquí se albergaron las casas nuevas del Emperador Moctecuzoma que a la llegada de Hernán Cortés sobre sus cimientos erigió sus casas; el centro del poder virreinal, erigido para ser el símbolo del poder del monarca hispánico y cabeza del Virreinato de la Nueva España desde 1535, testigo mudo que ardió bajo las llamas de las turbas iracundas y hambrientas que no tuvieron reparo en someterlo al fuego cuando en 1692, las malas cosechas dejaron vacíos graneros y estómagos de la población novohispana.

Sometido a diversas modificaciones a placer y capricho de tlatoanis, virreyes y presidentes, en aras de modernizar y refinar una nación que corresponde a distintos imaginarios a través del tiempo. Símbolo del poder absoluto, como la historia misma del país, el Palacio Nacional se mantenía y se rehacía acorde con los tiempos y dominios de quien lo ocupaba para dominarlo todo. 

Tras la revolución de 1910 y bajo presión del programa nacionalista, ahora social, justo y libre, bajo el cual el régimen que emergió de aquella guerra pretendía hacer uso de la imagen como la mejor herramienta de mensajes constructores de nuevas identidades para un pueblo que despertaba a una nueva realidad de la que no tenía referentes, José Vasconcelos obtuvo el apoyo para que el artista de Guanajuato, quien ya había probado su talento, estampara su Epopeya pintada al fresco.

Cinco años de trabajo le valieron a Diego Rivera para plasmar una historia en la que la narrativa puntual de su trazo trae al presente los rostros redondos y broncíneos de los indígenas. Con dramatismo y teatralidad propia del barroco, configura la complejidad de los estamentos de la sociedad virreinal de castas que, bajo el nombre de dios y del monarca somete y controla todo. Para alcanzar la libertad expresa las luchas revolucionarias y el conflicto entre bandos opuestos que caracterizaron al México independiente del siglo XIX, misma centuria en que se  buscaba el origen del glorioso pasado indígena y se renegaba del campesino que hizo la revolución, y seguía postrado en la miseria.

Periodos, grupos, estamentos, clases, castas, personajes, actos todos reunidos y resumidos por el pincel del artista: sus pigmentos impregnan al muro el color y la sustancia de la piel y la tierra de México, bajo el azul del cielo de Tláloc y el verde de la serpiente emplumada. Se puede advertir el olor de la sangre de los sacrificios humanos y el fuego de la chamusquina de unos condenados a la hoguera inquisitorial, piedra de sacrificio, picota o muro de fusilamiento; cual sea el caso, aquí está casi toda la historia nacional. Ya lo había Dicho Rivera, era la primera gran pretensión de un individuo de representar en un solo muro a todo un pueblo con todos sus tiempos a cuestas.


Bibliografía

 

  • Chapa, Arturo. Epopeya del pueblo mexicano. Los murales de Palacio Nacional.
    México, Ediciones Chapa, 2010.

  • Lozano, Luis Martín y Juan Rafael Coronel Rivera. Diego Rivera. Obra mural completa.
    Colonia (Alemania), Taschen, 2010.

  • Matute, Álvaro. La revolución mexicana: actores, escenarios y acciones. Vida Cultural y política
    1901-1929
    . México, Editorial Océano, 2002.

  • Pablo O’Higgins, voz de lucha y de arte. México, Antiguo Colegio de San Ildefonso, 2005.

  • Souter, Gerry. Diego Rivera, Su arte y sus pasiones. Shenzhen, Numen, 2010.


Historiador y Coordinador de Voluntariado y Servicios al Público de Colegio de San Ildefonso. 

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