SAN ILDEFONSO EN EL TIEMPO

 

Navidad y devociones marianas de la Compañía de Jesús
en el Colegio de San Ildefonso



Jonatan Chávez*  

Madre de dioses y de hombres,

de astros y de hormigas, del maíz y del maguey,

madre montaña, madre agua madre natural y sobrenatural,

hecha de tierra americana y teología europea


Octavio Paz 

Francisco Antonio Vallejo, Sagrada familia, 1761.                      


La llegada de los jesuitas a la Nueva España representó un proceso de reafirmación y reavivamiento de la fe cristiana en los territorios ultramarinos. Es sabido que la orden ignaciana nació con el espíritu del Renacimiento y a la vez combatió  las ideas reformistas, y que estuvo a merced de las disposiciones del Concilio Tridentino (concluido en 1563), que reorganizó el credo católico en todo el orbe. 

Se echó mano de todo lo que fuese necesario para avivar la llama de la creencia. Por principio, se hizo un reordenamiento del calendario litúrgico y del santoral; los jesuitas, artífices del fenómeno cultural que hoy llamamos barroco, contribuyeron al fortalecimiento eclesiástico en contra de la reforma protestante y tomaron providencia de evitar por todos los medios que esa propagación tuviese réplica en el nuevo mundo, por lo que fueron impulsores que buscaron estremecer las conciencias novohispanas. Una constante era recordarles a los habitantes de Las indias estar preparados para la muerte, por lo que los sermones fúnebres resultaban ser de un dramatismo y teatralidad que hacían confesar hasta el último pecado a cualquiera.

Asimismo, establecieron ofrendar reliquias, las cuales fueron devocionadas en el Colegio de San Pedro y San Pablo; reavivar fechas en las que se celebraba a todos los santos; practicar los ejercicios espirituales creados por Ignacio de Loyola y devociones nuevas que exaltaron el culto mariano, como a la virgen del Loreto, el Sagrado Corazón de Jesús y María, y el santoral propio de la orden, entre ellos al mismo San Ignacio o San Francisco Javier —los soles gemelos—, cuya fecha tenía lugar el día tres de diciembre, o a Santa Bárbara, el día cuatro del mismo mes.

En la Nueva España, la cotidiana presencia de epidemias, hambrunas y desastres naturales atribuidos “a la furia divina”, enfrentaban a la población al fenómeno de la muerte de manera intempestiva. La fragilidad de la vida hacía esencial la idea de estar a cuentas con dios del modo más místico para ello, lo que dio origen a una congregación denominada del buen morir, donde sus integrantes, con base en el ceremonial, exaltaban el momento de la muerte de Jesús, donde lo importante era fomentar la virtud y la vida en gracia ante los ojos del creador

Sin embargo, sería el culto mariano uno de los que recibieran mayor difusión y robustecimiento por parte de la orden jesuita, especialmente a la virgen de Guadalupe. De principio, retomaron lo sabido desde el tiempo de las apariciones y las referencias franciscanas: sabían que, desde antes de la llegada de los españoles, los indígenas adoraban en un cerro a una diosa que era Tonantzin —la madrecita—. Desde lejanas tierras, llegaban a postrarse a sus pies, danzaban, ofrecían flores e imploraban, esto ocurría los días 22 de diciembre.

A mediados del siglo XVII, se construyó una ermita que ocuparía la imagen de Guadalupe, que según la tradición, se había aparecido a Juan Diego el 9 de diciembre de 1531. Durante su traslado a este lugar se celebró una solemne procesión formada por religiosos franciscanos, quienes portaban en sus hombros la imagen original de la guadalupana. La virgen era acompañada por un séquito, donde se hacía presente toda la sociedad estamental novohispana sin distingo alguno, mientras los mitotes —danzas indígenas— eran acompañados por instrumentos de viento, plumas de evocación del aliento sagrado de los dioses, monotes y un sinfín de atavíos.

En 1709, el arquitecto Pedro de Arrieta concluyó el templo dedicado a Guadalupe en el cerro del Tepeyac. Más tarde, los jesuitas lo llamarían para la ampliación del Colegio de San Ildefonso. En 1754, el papa Benedicto XIV aprobó el traslado de sus fiestas con misa y oficios propios hacia el 12 de diciembre. Fue hasta 1895, que el arzobispo Próspero María Alarcón coronó a la virgen con el título de Reina de México.

Una de las mayores contribuciones —no la única— al fortalecimiento de esta devoción, fue la impresión y difusión en 1756, de Maravilla americana, después de que un grupo de pintores, comandados por Miguel Cabrera, dieran fe con testimonio impreso de que la imagen del ayate de Juan Diego fue factura de mano divina. Esta publicación salió de las planchas de la imprenta del Colegio de San Ildefonso, la segunda más importante de la Ciudad de México. Se ha dicho que cuando Benedicto XIV observó la imagen pintada por el mulato oriundo de Antequera de Oaxaca, pronunció las palabras del salmo 147: no hizo nada igual con ninguna otra nación.

La referencia más contundente de que las celebraciones decembrinas eran esenciales en la devocionalidad jesuita, la ocupa el muro oriente de la sacristía del Colegio de San Ildefonso, obra del maestro Francisco Antonio Vallejo, quien en 1762 representó a la Sagrada familia (también conocida como Los cinco señores), donde este maestro —originario de la noble y leal Ciudad de México— hizo una exaltación de los valores que el jesuitismo promovió hasta el momento de su expulsión: la devoción a la sagrada familia, la trinidad y el culto mariano. En una escena donde el cielo y la tierra son uno solo, acuden al nacimiento de Jesús cobijado por José, su padre terrenal, quien lo mantiene seguro, mientras un coro de ángeles músicos es testigo del evento y los siete arcángeles protegen a la triada y a sus abuelos Santa Ana y San Joaquín, que son testigos del milagro. 

Rosarios, letanías y villancicos aderezaban y conmemoraban uno de los momentos más importantes de la cristiandad, el nacimiento de Jesús, con el cual no solo se marcaba el principio de toda la liturgia y el ritual: era el momento donde predicaba que el verbo se hacía carne y se reafirmaba que la fe implantada en estas tierras era la correcta. El arrobamiento místico era símbolo de la devoción de aquellos que conformaban una parte esencial de la cristiandad, “libre de mácula” y fortalecida por la emocionalidad de las devociones jesuitas promovidas en todas las latitudes del orbe indiano, del orbe cristiano.


Bibliografía 


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Larrea, Fernando (coord.). La tradición de las pastorelas mexicanas. México, Un Olivo

   Ediciones, 1996.

Lozano Fuentes, José Manuel. Historia de España. México, CECSA, 1980.

Lynch, John. La España del siglo XVIII. Barcelona, Crítica, 1999. 

Paz, Octavio. El laberinto de la soledad (cuarta edición). México, FCE, 2009.

Revelaciones. Las artes en América Latina: 1492- 1821. México, Antiguo Colegio de San                       Ildefonso-FCE, 2007.


Historiador y Coordinador de Voluntariado y Servicios al Público de Colegio de San Ildefonso. 



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