SAN ILDEFONSO EN EL TIEMPO

 

La fábrica del Colegio de San Ildefonso
cincuenta años después de la expulsión jesuita


Jonatan Chávez* 

Es igualmente necesario que se les suba la cena

a los dormitorios para que puedan tomarla si no es con

grave incomodidad y falta de asco sobre las mismas camas.

Para ocurrir a este daño me parecía oportuno que se le

echen unos pretiles de pilar a pilar de una tercia

de alto rodeando todo el patio del Colegio para

que el agua no pueda entrar a los corredores,

dejando el tránsito libre a los colegiales a la clase la capilla y refectorio…

Fragmento del informe del padre Juan Francisco Castañiza


Para las últimas cuatro entregas en que revisamos cuál fue la situación del Colegio de San Ildefonso tras la expatriación de los jesuitas, el archivo histórico de la Ciudad de México Carlos Sigüenza y Góngora ha sido un acervo esencial que permite reconstruir este fragmento de la historia del recinto. Sus resguardos documentales en distintos ramos, reunidos con la relectura de las cartelas de los lienzos que se mantienen en el salón El Generalito y la bibliografía de especialistas, han sido de gran ayuda en esta reconstrucción histórica. 

          Retrato de Juan Franciso de Castañiza      
                    © Arquidiócesis de Durango    

Existe un ramo, denominado Providencias, que contiene el proceso de incautación de las propiedades de la Compañía de Jesús. Se sabe que fueron publicadas en tres partes, de las cuales la única que puede localizarse es la tercera, que contiene reglas y prevenciones que tuvieron que ser dictadas sobre los destinos que tuvieron las casas, colegios, hospitales e iglesias tanto en la península, los territorios de ultramar e islas adyacentes. 

Conformada por 41 artículos, esta tercera parte —desde el número 19—, menciona cómo tenía que ser el proceso de desmantelamiento de toda la infraestructura jesuita en territorio novohispano, ya que, por la cantidad de recursos económicos, se tuvo que tomar la decisión de hacer juntas subalternas que regularían las propiedades decomisadas.

El Colegio de San Ildefonso quedó sujeto a la junta de México que incluía Guadalajara y que, bajo el auspicio del virrey, un representante de la iglesia arzobispo u obispo y un decano de la real audiencia, así como un fiscal y protector de indios tenían que estar atentos a la toma de decisiones sobre el destino del inmueble. 

Ya con los legajos revisados, se hizo una lectura detallada de las cartelas de los veinte retratos que aún se conservan en el Colegio; se tiene el orden del papel que tuvieron antes, durante y después de la expulsión, y se refiere al padre Lóbrega como el primer rector después de ese hecho y al marqués de Castañiza como uno de los defensores más comprometidos. De este modo se ha podido hacer la reconstrucción de un tramo más de la historia del Colegio de San Ildefonso, con lo que tenemos referentes más precisos para reflexionar sobre un proceso complicado que nos da luces sobre el hecho de la expulsión. Ello nos hace revisar aspectos como el de que, tras la salida de los jesuitas de San Ildefonso, fue decisión aleatoria del virrey Marqués de Croix establecer al cuarto batallón del regimiento de Flandes en los patios del Colegio. 

Contra la decisión vista como abusiva, las juntas de cabildo fueron claras y cuidadosas de que los edificios continuasen en función para lo que habían sido creados, lo cual hicieron apegados al derecho y las cédulas reales expedidas con anterioridad y que fueron el sustento legal para insistir en la salida de los regimientos flamencos y el retorno del espacio dejado por los jesuitas en la función y destino para lo que había sido generados: 

La real cédula del año próximo pasado previene que en las casas donde estaban a cargo los regulares de la Compañía no se hará, ni aplicación dejándoles las rentas que fuesen privativas a esos establecimientos, de suerte que a lo que entendemos está prohibida terminante y expresamente la aplicación a otro destino y aun el hacer novedad sino en lo mismo que se expresan las citadas resoluciones.

El cabildo fue incisivo al poner de realce que la toma del Colegio para albergue de tropas no era el adecuado, y que en caso de requerir un espacio podría ser San Pedro y San Pablo, pues por lo antiguo de su construcción, no contaba con los espacios para la actividad educativa como sí los tenía el Colegio de San Ildefonso.

La resolución del uso de los espacios jesuitas a sus funciones originales vino hasta 1774, pese a que los esfuerzos del rector Lóbrega y del padre Castañiza no impidieron que la pátina del tiempo hiciera merma y deterioro sobre el inmueble. Transcurrido un periodo de cinco décadas, el recinto contaba con múltiples daños resultado del mal uso y descuido en la falta de mantenimiento, como consecuencia de la carencia de recursos.

El padre Castañiza señala carencia de insumos para la atención de los colegiales, la falta de recursos para pagar los servicios de pensioneros, racioneros, y todo el cuerpo laboral, sin embargo sus preocupaciones las concentra en el deterioro estructural del inmueble, las inundaciones del patio de novicios, el refectorio y la sacristía, producido por los hundimientos y desniveles de la fábrica, a lo que propone colocar pretiles entre los pilares para hacer así una contención cuando las lluvias lo invadían todo.

La falta de iluminación que se manifestaba a determinada hora y época del año, se volvía un problema, pues las farolas con las que se alumbraba el interior del recinto eran pocas y generaban un ambiente lúgubre que no era el óptimo para los estudiantes, además de que en aquellas distantes había hurto de velas por parte del personal y los propios estudiantes.

Castañiza concluye su informe con un llamamiento al real tribunal de cuentas del cabildo a que sea observante y tome una pronta resolución para los problemas que en su narrativa desglosa costos, mismos que fueron supervisados por el fiscal de lo civil. La respuesta se hizo patente cuando el cabildo requirió los servicios del arquitecto Joaquín Heredia, quien, por instrucciones del virrey Iturrigaray fue encomendado a hacer una valoración del inmueble; desafortunadamente, por su mal encuadernamiento, no pudo ser consultado… ¡cuántas historias guarda sobre el estado de ruina que tuvo que ser arreglado!

Existe otro libro que reúne el tema de las temporalidades jesuitas, la anulación de la inquisición y de enclaustrados correspondiente al periodo de 1837 a 1838, que registra las propiedades, rentas, cofradías que le fue entregado a los jesuitas después de su restablecimiento y que tampoco pudo ser consultado por deterioro; ahí se mantiene silente en la espera que un día nuevamente recobre importancia todo lo que tiene que decir.


Bibliografía

 Archivo Histórico de la Ciudad de México: Historia ramo: Providencias, vol. 2262.

Bethell, Leslie (ed.). Historia de América Latina. Tomo II: América Latina colonial: Europa y América en los siglos XVI, XVII y XVIII. Barcelona, Cambridge University Press-Crítica, 1998.

Chevalier, Jean. Historia de los latifundios en México. México, FCE, 1997.

Decorme, Gérard. La obra de los jesuitas mexicanos durante la época colonial. 1572- 1767. Tomo I: Fundaciones. México, Porrúa, 1941.

Lozano Fuentes, José Manuel. Historia de España. México, CECSA, 1980.

Lynch, John. La España del siglo XVIII. Barcelona, Crítica, 1999.

__________. España bajo los Austrias. Barcelona, Crítica, 2010.

Velázquez, María del Carmen. Estado de guerra en Nueva España 1760- 1808. México, Colmex,1997.


Historiador y Coordinador de Voluntariado y Servicios al Público de Colegio de San Ildefonso. 




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