SAN ILDEFONSO EN EL TIEMPO

 

Devociones marianas y la conmemoración
 de la Semana Santa en la Compañía de Jesús
 en el siglo XVIII novohispano


Jonatan Chávez

 

Entonces el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo.

Y el centurión que estaba frente a él, viendo que después de

clamar había expirado así, dijo:

Verdaderamente este hombre era hijo de Dios.

 

Evangelio de San Marcos

Capítulo 15, vers. 38-39


 Pasión de Cristo representada en Cuautitlán, obra del pintor y escultor Primitivo Miranda (s. XIX)

En la época virreinal, una de las maneras para conmemorar la Semana Santa o Mayor era levantar altares de Dolores en iglesias y casas particulares. Los jesuitas, profundos promotores del culto mariano, se dieron a la tarea de exaltar este momento fundamental para la cristiandad con la teatralidad y dramatismo propio de la época: el simbolismo revestido de todo el artificio y parafernalia vibrante y colorida reunía el quehacer, labores y oficios de los gremios de la sociedad estamental novohispana que de esta manera conmemoraban la Semana Santa, momento propicio para hacer una reiteración de que la fe aprendida y trasmitida por generaciones, había sido la correcta.

El día de Dolores corresponde al sexto viernes de cuaresma y fue instituido por el Concilio de Colonia del año de 1413, que conmemora los sufrimientos padecidos por María durante la pasión y muerte de su hijo. Es una representación que reúne los elementos alusivos a los siete dolores que experimentó desde el momento en que fue elegida para ser la madre de Jesucristo. De acuerdo con la tradición, estos son: el primero, la profecía de Simeón sobre el hijo de dios; el segundo, la huida a Egipto para salvar a Jesús niño de la furia de Herodes; el tercero, el extravío de Jesús en el templo cuando fue llevado para ser presentado a sus doce años de edad; el cuarto, el encuentro de María con Jesús cargando la cruz rumbo al Calvario en la vía dolorosa; el quinto es la crucifixión de Jesucristo en presencia de su madre; el sexto es el descendimiento del cuerpo sin vida de Jesús entregado a María y el séptimo es el entierro de Jesús.

La práctica del altar se manifestó en España desde el siglo XV, la primera presencia de un altar en tierra americana continental se debió al padre mercedario Fray Bartolomé de Olmedo en 1519. Conforme se fue dando el proceso de conquista y cohesión cultural, esta práctica se volvió una de las más arraigadas en la sociedad novohispana, que marcó su rasgo personal donde la fusión de la tradición indígena también se hizo patente.

Con la llegada de los jesuitas a la Nueva España, el reavivamiento espiritual de la sociedad novohispana llevó a un periodo de exaltación de la fe en extremo. Todo fue trastocado por éste: la austeridad en el quehacer jesuítico contrastaba a escalas monumentales cuando todo lo que se hacía en nombre de la fe retroalimentaba los sentidos de manera portentosa. No hay que olvidar que la Compañía de Jesús nació con dos misiones esenciales: evangelizar a través de la educación con misioneros que en sus colegios aprendieran todo lo necesario para no volver a caer en la distorsión que llevó a la iglesia a un proceso como el de la Reforma protestante —y con ello al reordenamiento en el concilio de Trento—, mientras que por otro lado, la obediencia total al Papa direccionaba el quehacer jesuítico en fortalecer la presencia de la iglesia católica en todo el orbe. De este modo, lo concerniente al ritual, los cánones de representación de las imágenes, liturgias, festividades, la doctrina, educación y buen consejo serían aspectos donde la presencia jesuita jugaba un papel fundamental.

La elaboración de dichos altares se hacía con semanas de anticipación, se conformaba a manera de una plataforma escalonada: ya fuera en escultura de bulto o representada en lienzo, al centro o en la parte superior, se colocaba la imagen de una virgen Dolorosa, en luto, suplicante y en llanto. Todos los elementos son las alusiones a los siete dolores y los elementos del martirio y muerte de Jesús. La tradición indígena está asociada a la constitución de los altares: a ras de piso se formaban tapetes con semillas o aserrín coloreado con representaciones de la tierra, agua, fuego y aire; se colocaban candeleros, el fuego de las velas habla sobre la vigilia, el revestimiento con flores blancas y amarillas son símbolo de luto y la castidad de María, telas, encajes y papel picado color púrpura, representan la muerte de un rey y el duelo de la reina del cielo. 

En macetas y figurillas de barro en forma de corderos, se ponían a germinar semillas de cebada, trigo y chía no solo como ornamentación, sino como símbolo de regeneración y renacimiento: la promesa de la resurrección de Cristo. Todos los elementos en el altar significaban el martirologio al que fue llevado como oveja al matadero y ante los ojos de María su madre, que implicaban el dolor profundo en su alma, corazón traspasado por dagas que le imprimían mayor dramatismo a la representación.

El agua son las lágrimas de la mujer doliente, en cada una va la amargura de María, impotente ante Cristo martirizado: la sangre derramada en la columna, rumbo al Monte Calvario. La imaginería popular llevaba al extremo de la representación de la crucifixión, con la inserción de botijos de cristal con limonada y agua de flor de jamaica, naranjas y limones como la representación matérica del rictus de dolor.

El poder de las representaciones de estos altares encontraban sustento en los Ejercicios espirituales creados por el fundador de la orden, Ignacio de Loyola, en una base sencilla de entender: en la práctica de la obediencia y apego a la enseñanza escolástica del momento, Loyola era un convencido de que los sentidos son como el ser humano percibe el mundo exterior y de éste los placeres con los que desea halagar su propio ser; en esa realidad mundana era donde se manifestaba la grandeza de dios y la sensibilidad de los sentidos podía percibir ese poder si se apegaba al dogma.

Los altares con todos sus elementos reunidos, cumplían entonces con su misión educadora y devota, para que con solo mirarlos, el creyente pudiese leerlos correctamente: el gallo, sinónimo de la traición infligida por cobardía; la cuerda, la caña, la corona de espinas serán la burla y vileza con la que los verdugos atentan contra el origen y cuerpo físico de Jesús por su origen de ser rey; la cruz, el martillo, los clavos, la escalera y la lanza simbolizan cada flagelo en el que el mártir habrá de vivir el dolor en la carne. Los dados y el manto aluden a las suertes que fueron echadas sobre su presencia ante el desprecio de su linaje y la incredulidad humana, la esponja de vinagre con la que menguaron su sed es la indolencia ante el dolor ajeno, y las monedas que Judas recibió en pago al haber entregado a Jesús, son la avaricia y mezquindad humanas antepuestas a cualquier cosa.

Con todo este glosario de símbolos, el cristiano bien encauzado y educado en la doctrina habría de comprender cada símbolo en un altar reunido. Sus sentidos templados podrían vigilar y controlar sus emociones estimuladas por el exterior, que al percibir estas imágenes, exaltaban su devoción, piedad y arrepentimiento al ver al hijo de dios en medio de este trance, su sensibilidad y afectos habrían de ser ordenados, equilibrados con lo que su naturaleza estaría en búsqueda permanente del orden dentro y fuera, un interior equilibrado hacía individuos de bien a su sociedad. La iglesia —pilar esencial de la misma—, agradaría la voluntad de dios para su mayor honra y gloria, paradigma fundamental del quehacer de los jesuitas.

Una educación con metodología para ver y oír, para hacer bien las cosas, percibir en las formas, colores, texturas, aromas, sabores y sonidos la belleza de lo diminuto y la monumentalidad del espacio, y que en todo ello estuviese presente la esencia de lo sagrado y lo divino, esa era la última finalidad para percibir la grandeza de dios que había dado a su hijo con la promesa de vida eterna, así dicho por el dogma.

Entonces revestir las iglesias con suntuosidad, elaborar complejas ceremonias y procesiones rituales en conmemoraciones como Semana Santa, llevar con precisión un santoral devocional no era el resultado de una banalidad simplista en la forma: los sentidos se educaban en el gusto de elementos vibrantes, abigarrados y complejos donde el equilibrio, ritmo y precisión eran sinónimo de perfección que a la vez era la representación de la grandeza de la creación de dios. 

En la sociedad novohispana no hubo un cuestionamiento sobre lo aprendido: fue la exaltación de lo aprendido lo correcto para ellos y la manera de manifestarlo era en una clara admiración y culto de todo ello. El lenguaje escrito y hablado, los gustos y sabores, así como las texturas, tenían una significación, un sentido, una razón de ser. La sociedad novohispana del siglo XVIII no hizo del barroco una moda, fue un estilo de vida en el que su creencia y el ejercicio de la misma, bajo la complejidad ritual antes descrita, no fue en ningún sentido enajenante o perniciosa, sino todo lo contrario: era parte de la identidad que la hacía sentirse genuina y con un sentido determinante de predestinación divina. 


Altar Virgen de la soledad. Óleo sobre tela. Colección Convento de San Joaquín, siglo XVIII. Anónimo. © Mauricio Marat, INAH


Bibliografía

  • Brading, David A. La Nueva España: Patria y religión. México, FCE, 2015.
  • Bethell, Leslie (ed.). Historia de América Latina. Tomo II: América Latina colonial: Europa y América en los siglos XVI, XVII y XVIII. Barcelona, Cambridge University
    Press-Crítica, 1998.
  • Decorme, Gérard. La obra de los jesuitas mexicanos durante la época colonial. 1572- 1767. Tomo I: Fundaciones. México, Porrúa, 1941.
  • Lozano Fuentes, José Manuel. Historia de España. México, CECSA, 1980.
  • Museo Nacional del Virreinato Tepotzotlán. La vida y la obra en la Nueva España. México, Conaculta-INAH, 2003.



Historiador y Coordinador de Voluntariado y Servicios al Público de Colegio de San Ildefonso. 



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