MEMORIA COMPARTIDA

 

Las preparatorianas de San Ildefonso en el siglo XX



Jonatan Chávez*

 

Esa mañana, muy temprano, mi madre me llevó a San Ildefonso en el auto.

Entré sola, las piernas me temblaban. ¡Había tanto muchacho!

Sudaba frio, había pasado diez años con las madres del

Verbo Encarnado quienes lucharon inútilmente contra la decisión

de mi visionaria madre de inscribirme en la Universidad Nacional.

 

Virginia Llarena

Estudiante preparatoriana de la generación de 1957


Matilde Montoya (1859-1938), primer mujer en realizar estudios universitarios en el Colegio San Ildefonso. © Gaceta UNAM

1922 es la fecha que marca la boleta de ingreso de Frida Kahlo a la Escuela Nacional Preparatoria, año determinante para ella y más de una treintena de muchachas con la posibilidad de acceder a la educación media y superior que aún estaba en ciernes, ya que la máxima casa de estudios, Universidad Nacional de México —aún no autónoma— cumplía apenas 12 años desde su inauguración en septiembre de 1910.

El ingreso de las mujeres a la Preparatoria de San Ildefonso significó un paso más en aras de la modernización de la institución, que al inicio de la década de los veinte contaba con más de cincuenta años de ser considerada la institución educativa más sólida del México independiente. La preparatoria había sido fundada como un modelo moderno y vigoroso, liberal, pero que ya requería ser actualizado no solo en sus programas, sino también para ser una institución mixta, de acceso a hombres y mujeres como en las universidades y centros educativos modernos de Estados Unidos y Europa.

La renovación fue tomada muy en serio por José Vasconcelos: en los muros del patio principal y en el Anfiteatro, los andamios de los muralistas ocupaban los corredores de acceso a las aulas, que hasta ese entonces estuvieron destinadas a los hombres.

Era ya un recuerdo —incluso hasta podía ser una leyenda—, que alguna vez hubo una chica que en su convicción de ser médica se enfrentó a todo para cumplir su objetivo. Deambulaba —con un espacio condicionado quizá—, por aquellos pasillos que al final de su formación impuesta abandonó, Matilde Montoya es esa leyenda, fue la primera médica en México que realizó en San Ildefonso un programa de validación de materias para sus estudios en medicina y que pese a que obtuvo el reconocimiento hasta del presidente, en un mundo de hombres no la pasó nada bien.

En las décadas posteriores a la del veinte, las preparatorianas habrán de hacer suyo un espacio que por siglos solo había pertenecido a los hombres no solo como alumnas; también como docentes contribuirían a renovar el modelo que ya no correspondía a un país que emergía de una guerra y demandaba hacerlo todo en aras de la mejora social en la educación. Aquellas chicas —unas más destacadas que otras—, harán de la preparatoria el espacio de acción y expresión con el que incrementaron el bagaje histórico enriqueciendo a la cultura mexicana con sus aportaciones.

Con el pasar del tiempo, el programa educativo se fortaleció: el profesorado se renovó con la presencia de Carmen Jaime (alumna de la primera generación y que más tarde fue una de las docentes que se desempeñará en la enseñanza de la filosofía, del mismo modo que lo hizo Margo Glantz). La  instrucción recibida de maestros memorables como Esteban Minor, Salvador Mosqueira y Erasmo Castellanos Quinto fueron referente ineludible, aunque ellas lo harían a su modo y se convertirán en inspiración por mérito propio.

La Escuela Nacional Preparatoria siempre estuvo abierta a la libre expresión, acorde a cada contexto: hubo grupos —unos más extremos que otros— como el denominado Cachuchas Negras al que Frida perteneció, encabezado por Alejandro Gómez Arias. También hubo sociedades de alumnos, de critica al gobierno, de fomento de la oratoria, el debate y la discusión. las Sociedades de alumnos fueron el espacio para el surgimiento de movimientos que proponían actividades diversas; entre ellos competían y elegían por medio del voto —que fue práctica común en la preparatoria de San Ildefonso para las mujeres mucho antes de que se les fuese otorgado este derecho en todo el país en 1955.

La década de los cuarenta fue prolífica en el surgimiento de grupos y publicaciones al interior de los muros de San Ildefonso preparatoriano, como el caso de la sociedad que se conformó a mediados de esa década conocida como Acción Progresista Estudiantil (APE) un grupo de alumnos cuya pretensión era promover la cultura entre los estudiantes y moralizar la política universitaria; los anuarios que eran responsabilidad de las sociedades de alumnos se convirtieron en fuentes de información para ver en ellos la participación de las preparatorianas, que dejaron plasmadas sus ideas sobre los procesos culturales de los que formaron parte, como por ejemplo, el texto de Adriana Alfaro Arenal, hija de David Alfaro Siqueiros— “ con su artículo "Preparatoria: Cuna del movimiento pictórico mexicano".

Hubo un reavivamiento por los concursos de poesía y oratoria, lo mismo que la aparición de los concursos para ser reina de la Preparatoria, eventos que se celebraban con bailes de coronación que tenían lugar en salones de eventos como el Bugambilia o incluso en el Anfiteatro Simón Bolívar.

Con la conformación de los equipos deportivos, la aparición de las porras estudiantiles dieron origen al memorable ¡Goya! que hacen inolvidable a Palillo y todas las chicas que integraban la porra en San Ildefonso.

De estas sociedades de alumnos surgió una muy importante, con visos de un incipiente feminismo, Carmen Ayala Salazar encabezó el Primer Movimiento Femenino de la Universidad Nacional Autónoma de México, como lo narra Juan Brom, con la planilla Azul y Oro de la Universidad, esta asociación apostaba por ganar la sociedad de alumnos de la preparatoria que si bien no la obtuvo, fue el parteaguas para hacer destacar la presencia intelectual de las mujeres en la vida preparatoriana y universitaria; integrada por Martha Alicia Garibay, Luz de Lourdes Solórzano y Rivera, Adriana Alfaro Arenal y Carmen Ayala, la asociación dio como resultado el surgimiento de: Ariel. El periódico de la juventud, un suplemento abierto a expresar las ideas de las estudiantes.

Cuando el proyecto de la Ciudad Universitaria ya era una realidad y comenzó el traslado de las poblaciones estudiantiles, las pasiones y afectos de los preparatorianos fueron trastocadas al momento de dejar el tradicional Barrio universitario. Mientras llegaba ese momento, al interior de los muros preparatorianos el entusiasmo por el otorgamiento del voto a la mujer a nivel nacional fue una reiteración de que la formación estudiantil en la prepa más allá de mera currícula había sido de civilidad integral.

El espacio de las mujeres en la preparatoria no fue de confinamientos, que de principio podría pensarse que si como por los nombres que les fueron asignados como el caso del Gineceo -segundo nivel del patio principal, frente a los murales de Orozco- pasaron a ser el centro de reunión también conocido como el Depa pues era un espacio habilitado como una sala de estar, que servía de descanso y reunión donde las preparatorianas  departían alejadas del ruido y presencia del resto de los estudiantes y así permaneció hasta que la Preparatoria dejo de serlo en la década de 1980.

Los sesenta fueron una década que marcó la presencia de la participación de las preparatorianas en el movimiento del 68 y en la conmemoración del centenario de la preparatoria, en la preparación de los juegos florales de 1967, las justas deportivas en el marco de los primeros juegos deportivos de la Universidad Nacional Autónoma de México en septiembre de 1967 y las exposiciones conmemorativas de los cien años de la creación de la Preparatoria.

La historiadora Clementina Díaz de Ovando representa la fusión de tiempos y presencias del San Ildefonso preparatoriano, fue una alumna destacada y apasionada por el pasado resguardado en las aulas que la formaron como estudiante, su consagración al estudio del pasado educativo de México le dio la pauta para la investigación y creación de uno de sus libros más importantes: El Colegio Máximo de San Pedro y San Pablo (1951) y su dedicación a la docencia a las generaciones que le precedieron fue disciplina que mantuvo siempre y su especialización en el pasado de la ciudad, la hizo merecedora de ser llamada cronista, realizó una de las obras más importantes para conocer la historia de la preparatoria: La Escuela Nacional Preparatoria. Los afanes y los días 1867-1910 obra con la que reúne los tiempos todos de la educación impartida en San Ildefonso desde su fundación hasta el alberge de la institución que le abrió las puertas para luego convertirse en voz y pluma del tiempo.

El siglo XX en la Escuela Nacional Preparatoria estuvo construido por preparatorianas y preparatorianos, fue la amalgama que más allá del género sembró en sus estudiantes un sentido de pertenencia que ha dejado marcada la vida de miles ciudadanos, la universidad entonces se hizo un espacio abierto a las expresiones libres de respeto y reiteración del orgullo de formar parte, el tiempo pasado nos permite reflexionar acerca del momento en que las mujeres se hicieron presentes. El fortalecimiento y cimentación del proyecto educativo cobró nuevos bríos y dio la certeza a que la educación no sucede cuando la exclusión prevalece, pero en momento que todos están presentes, todo es posible.


Escuela Nacional Preparatoria. ©Archivo Histórico de la UNAM


Bibliografía


  • Garzón Lozano, Luis Eduardo La historia y la piedra. El Antiguo Colegio de San Ildefonso. México, Porrúa, 2000.
  • Los 100 años de la UNAM. México, La Jornada, 2010.
  • Monsiváis, Carlos. Apocalipstick. México, Debolsillo, 2011.
  • Tiempo universitario. México, Antiguo Colegio de San Ildefonso, 2010.
  • Escuela Nacional Preparatoria. Imágenes y pinceladas de sus protagonistas. México, UNAM-ENP, 2014.


Historiador y Coordinador de Voluntariado y Servicios al Público de Colegio de San Ildefonso. 





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Comentarios

  1. Muy interesante artículo, hubiera estado bien para el 8 de marzo, para que vean caul es en verdad una participacion de la mujer en la vida de este país

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