San Ildefonso en el tiempo | José de Alcibar

Maestros novohispanos en los lienzos de El Generalito

José de Alcíbar en el Colegio de San Ildefonso


Jonatan Chávez* 


Letra y dibujo se igualan en habilidad figurativa, en 
proyección simbólica, en proceso creador, hasta 
el punto de quedar fundidos ambos en la general
gramaticalización con que se aluden, recíprocamente, 
pintar y narrar…describir…

Carlos Brito

 

En una sociedad tan marcada por la jerarquía como lo fue la novohispana, la petición para otorgar la creación de una academia estaba destinada a un sector con determinadas habilidades. Los artistas de la segunda mitad del siglo XVIII buscaban reconocimiento y garantías en el ejercicio de la suya y contaban con la experiencia que los hacía autoridades sobre el tema: fueron un grupo de pintores conscientes de su oficio y la importancia de ejecutarlo con certeza, destreza y primor, pues no solo eran imágenes de atavío, sino referentes precisos del proceso de representación de las devociones de toda la población, lo que reitera la estrecha relación con sus clientes, en particular con los jesuitas.

Archivo Colegio de San Ildefonso

José de Alcíbar (1751-1803), originario de Taxco, fue uno de los artistas más destacados de la segunda mitad del siglo XVIII. Alumno de Miguel Cabrera, firmó la petición En defensa de la pintura de 1753, y se dio a la tarea de participar en la inspección del ayate del Tepeyac —que se dio entre 1751 y 1752—, cuyas resultas fueron publicadas en Maravilla americana en 1756.


Aunque en vida de Miguel Cabrera sus obras fueron muy solicitadas, José de Alcíbar supo posicionarse con estilística pictórica propia. Es considerado uno de los artistas novohispanos más destacados del siglo XVIII; sus temas de patrocinio, retratos de monjas coronadas, advocaciones marianas y pasajes bíblicos destacan por el preciosismo e idealización en la representación de lo sagrado. Ya en el exilio, la retratística de Alcíbar enfatiza la presencia jesuita sin desenfado alguno, lo que reitera el respeto y reconocimiento que se le tenía a la orden aún fuera del virreinato. Se mantenía la imagen de autoridades en las especialidades a las que consagraron su educación.


La investigadora Consuelo Maquívar acuñó el término dulce inexpresión derivado del estudio de la obra de José de Alcíbar, donde la representación de rostros afables, dulces y angelicales exaltan la cualidad de lo sagrado —superpuesta a lo profano—, pero carecen de expresividad, como particularidad en el estilo del artista. 


Pintado en 1789, el retrato que muestra la firma de José de Alcíbar en El Generalito fue ejecutado en la persona de José Pereda y Chávez, quien nació en Querétaro y se trasladó a la Ciudad de México para estudiar derecho civil en el Colegio de San Ildefonso. Más tarde accedió a ser abogado de la Real Audiencia, y sus estudios de derecho canónico le valieron para ser jubilado por la Real Universidad de México. 


Fue capellán del convento de las carmelitas descalzas, ejerció para la Junta Superior de la Real Hacienda de Nueva España, promotor fiscal del arzobispado, cura interino de la parroquia de San Miguel, vocal eclesiástico, consultor del santo oficio, presbítero del oratorio de San Felipe Neri y director del mismo recinto dedicado a la oración desde 1772 —cinco años después de la expulsión—, pero uno de los cargos desempeñados más destacable fue el de vocal y examinador de la Real Junta de Enajenacionesorganizada para hacer el conteo de los bienes incautados a la compañía tras la expulsión de 1767; de ahí que su mano descansa sobre un libro de cuentas enfatizando el cuidado y rigor con el que se debió llevar el conteo y resguardo de lo perteneciente a la orden.


Con el establecimiento de la Academia de San Carlos entre 1781 y 1783, José de Alcibar estuvo a cargo como director y académico en los primeros años del siglo XIX. La obra de Alcíbar está considerada como transitoria entre el barroco y el estilo neoclásico que se hizo presente con el devenir de la formación de la academia en tierra novohispana.


Archivo Colegio de San Ildefonso

La respuesta a la pregunta del por qué se continuó con esta tradición en la representación, radica en que muchos jesuitas estuvieron a cargo de puestos jerárquicos que les protegieron para no salir exiliados, además de permitírseles convertirse en parte del clero y la administración eclesiástica.


Esto, sin duda, es referencia importante para reflexionar sobre diversos aspectos de la conducta de la sociedad novohispana posterior al extrañamiento jesuita, la cual ya no estaba dispuesta a mantenerse silente y que solicitaba lo que consideraba ganado por derecho. El camino aún sería largo, pero con la expulsión se hizo presente un sentimiento de valoración de la tierra y una conciencia de que su riqueza estaba en la defensa de lo que era suyo. 


Bibliografía

  • Brading, David. La Nueva España: Patria y religión. México, FCE, 2015.
  • Decorme, Gerard. La obra de los jesuitas mexicanos durante la época colonial. 1572-1767. Tomo I: “Fundaciones”. México, Porrúa, 1941.
  • Gran Historia de México ilustrada. Tomo II: “Nueva España: 1521-1750”. México, Planeta De Agostini-Conaculta-INAH, 2004.
  • Memoria de restauración 2005. México, Dirección General del Patrimonio Universitario-Universidad Nacional Autónoma de México, 2006.
  • Ramírez Montes, Mina. En defensa de la pintura. Ciudad de México 1753. México. Instituto de Investigaciones Estéticas, UNAM, 1990.

*Historiador, Coordinador de Voluntariado y Servicios al Público del Colegio de San Ildefonso.

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