San Ildefonso en el tiempo - Devociones jesuitas

Devociones jesuitas

en el proceso de cultural de fundación de colegios y asentamientos de las misiones del norte novohispano

Jonatan Chávez*  


…Edificar y labrar iglesias de asiento, y de dura, obra que, aunque les
cuesta muy grande trabajo a los pobres misioneros,
pero se conoce que es de gran importancia para
la estabilidad y firmeza de la Cristiandad. Porque mientras
estas iglesias no se levantan en los pueblos
y reducciones de gente…parece que está todo de leña…;
y levantados estos edificios…con ellos se les da
forma a los pueblos y a la Cristiandad.

Padre Andrés Pérez de Rivas


©️ Colegio de San Ildefonso, archivo
Con los viajes de exploración de los siglos XV y XVI, no solo se dio un proceso expansivo e invasivo de la cultura occidental hacia el mundo: la iglesia católica, resguardataria de saberes y creencias de esa civilización, se vio en la necesidad de hacerse presente a través del proceso de evangelización. Suele pensarse que ésta fue un fenómeno destinado a la conquista del Nuevo Mundo, sin embargo, no hay que olvidar que esa concepción fue resultado del proceso exploratorio del mundo.


Tras la conquista militar, la evangelización iniciada por los frailes franciscanos, agustinos y dominicos generó uno de los procesos culturales más complejos que la humanidad haya provocado, completamente disímbolo, pero del que se generó un sincretismo religioso que hasta hoy pervive y es objeto de debates y reflexiones. Este proceso habría de vigorizarse en el último el tercio del siglo XVI, con la llegada de los jesuitas a la Nueva España, en 1572. 

La estructura organizacional de la Compañía de Jesús fue diseñada por Ignacio de Loyola a semejanza de un ejército, comandada por un general, respaldada por un consejo integrado por los propios miembros de la orden, quienes en nombre del credo, se ceñían a los votos de fe, pobreza y obediencia, sin olvidar la fidelidad jurada al Papa, con lo que se refrendaba el vínculo misional. Los jesuitas habrían de asumir la vanguardia de la cristiandad en los territorios de ultramar; sin embargo, su origen renacentista y la experiencia personal del propio fundador (donde las visiones marianas y de Jesús generaron un código de representaciones devocionales que fueron objeto de emulación para sus integrantes e instrumento de su labor educativa y misional), fueron robustecidos con la selección de padres de la iglesia y mártires, al servicio de la propagación de la fe.

La dedicación del Colegio Mayor de San Pedro y San Pablo de la Ciudad de México a dos proto-mártires de la cristiandad fue una reafirmación de los valores de la evangelización: el don de la palabra, la perseverancia, fe, conversión y tener en claro que en el nombre de dios era posible perder la vida.

Los primeros colegios menores como el de San Gregorio, San Miguel y San Bernardo, consagrados a un arcángel y dos padres de la iglesia, hacen patente la intencionalidad de los valores a promover: la consagración de la existencia a dios, estudio profundo y actitud férrea de guardianes defensores de la fe, en un mundo donde los actos de vida se sometían a un sentido de predestinación divina. La creencia no solo era una parte de la cotidianidad: era la razón de existir. 

En 1583, cuando el general de la compañía Claudio Acquaviva ordenó reunir los colegios minúsculos en estructuras mayores, instrucción dada a todo el orbe, los de la Ciudad de México, con la fusión de San Bernardo, San Miguel y San Gregorio dieron por resultado la creación del Colegio de San Ildefonso.

La dedicación del recinto al obispo de Toledo, defensor de la virgen madre de Jesús, y a cuya devoción lo llevó a consagrar todo su saber y conocimiento para fundamentar el culto mariano, al grado de convertirse en uno de los pilares de la cristiandad y del cual, siglos más tarde, Ignacio de Loyola había sido un profundo creyente… evidencia de su devoción fue la entrega de sus armas a la virgen de Monserrat en el santuario de Manresa y las distintas visiones que tuvo a lo largo de su existencia. 

San Ildefonso significa el que defiende, el que argumenta, estudio profundo, disciplina y devoción, valores que al interior del colegio habrían de formar a novicios y pasantes que aspiraran a ser como el obispo de origen visigodo, aderezados con la práctica de los ejercicios espirituales creados por Ignacio de Loyola para templar el espíritu. En el quehacer educativo de los colegios jesuitas, había una congruencia que no se debía romper: la creencia como sinónimo de los valores a promover y difundir, ya que si se implementaba bien, sería entonces recompensada; el relieve de la entrada principal del Colegio de San Ildefonso representa al obispo a los pies de la virgen María, mientras un grupo de ángeles le colocan la casulla, recompensa obtenida por parte de la divinidad.

Colegio Seminario de Tepotzotlán ©️ Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México

Por otra parte, dedicado al ejercicio y práctica de los idiomas de los indígenas, el colegio seminario de Tepotzotlán fue consagrado al misionero ejemplar de la compañía de Jesús: San Francisco Xavier (1506-1552). La vida no le alcanzó al jesuita para predicar por América, pero sí en el extremo oriental del mundo, cuando en 1541 se embarcó desde Lisboa con rumbo a Asia: su habilidad en los idiomas y su decidida fe lo llevaron a evangelizar poblaciones completas en la India, Japón y su finalidad era llegar hasta China, pero la muerte le sorprendió camino a su objetivo. 

Perseverante, persuasivo, Francisco Xavier reunía todo lo que un misionero debía tener para hacer efectiva su labor evangelizadora. Junto a la figura de San Ignacio de Loyola, ambos irradian luz, sus presencias son referentes a replicar dentro de la estructura de los misioneros de la orden. El noroeste mexicano cuenta con fundaciones dedicadas al nombre de ambos personajes.

Padres lenguas eran aquellos misioneros que en el seminario de Tepotzotlán habrían de aprender con destreza el dominio del náhuatl y el otomí, que más tarde habrían de poner en práctica en las misiones del norte novohispano, donde en aras de persuadir con ejemplos de vida a los pueblos nómadas, insertaban comunidades indígenas del centro. La convivencia y acercamiento los ponía en contacto con los pueblos de las regiones y así surgía el intercambio de informaciones que le permitieron a la Compañía de Jesús generar un cúmulo de saberes. 

Además, el culto a la virgen de Guadalupe en la Nueva España fue para los jesuitas una oportunidad para exaltar y propagar aún más el marianismo, ya que les permitió la introducción de otras advocaciones y generó un reavivamiento de la fe dentro de la sociedad criolla en el siglo XVIII. 

Desde la óptica jesuítica, el fenómeno guadalupano —motivo de la siguiente entrega— detonó incluso en la publicación de obras como Maravilla americana, en la estética de las imágenes y su dispersión en el norte, que mantuvieron la cohesión cultural, generaron vínculos e impulsaron el proceso de asiento y de dura, que no era otra cosa que cimentar con piedra, revestir con enjarre y ataviar con lienzos y esculturas las iglesias de las misiones y las capillas de los colegios. Las representaciones para la difusión de la fe fueron fundamentales para la sociedad novohispana, pues se veía reflejada a sí misma y hacía manifiesta su creencia y exaltaba sus propios valores, que hasta el día de hoy son reminiscencia de la riqueza cultural que forma parte del pasado común compartido, y que nos da la posibilidad de entender el presente.

Bibliografía

  • Bethell, Leslie (ed.). Historia de América Latina. Tomo III: “América Latina colonial: Sociedad y cultura”. Barcelona, Cambridge University Press-Crítica, 1998.
  • Decorme, Gerard. La obra de los jesuitas mexicanos durante la época colonial. 1572-1767. Tomo I: “Fundaciones”. México, Porrúa, 1941.  
  • El arte de las misiones del norte de la Nueva España: 1600- 1821. México, Antiguo Colegio de San Ildefonso, 2009.  
  • Gran Historia de México ilustrada. Tomo II “Nueva España: 1521-1750”, México, Planeta De Agostini- Conaculta-INAH, 2004.  
  • Lozano Fuentes, José Manuel. Historia de España. México, CECSA, 1980.

*Historiador, Coordinador de Voluntariado y Servicios al Público del Colegio de San Ildefonso.


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