Maestros Muralistas | Murillo y Dr. Atl

Gerardo Murillo y el Dr. Atl: 

Encuentros y desencuentros del hacedor del muralismo mexicano

Jonatan Chávez*


Me había dado por completo a la interpretación
del paisaje por dos razones: la primera,
por mi espíritu vagabundo, amante de excursiones
y las expediciones, y la segunda porque
mi temperamento de hombre independiente
me impidió sumarme al grupo de pintores
que trabajaban bajo la protección oficial,
decorando edificios y pintando retratos.
Gerardo Murillo (Dr. Atl) 


Autorretrato, 1959. Dr. Atl (Gerardo Murillo)
 ©️ Colección Andrés Blaisten
Los hombres se parecen más a su tiempo que a sus padres, era una frase con la que el historiador francés Marc Bloch contextualizaba la manera en que, a través del tiempo, los seres humanos, de una generación a otra, se miran extraños, distintos, ajenos, aunque compartan la misma sangre, lo que los lleva a un proceso de confrontación, pues los intereses de unos no corresponden necesariamente a los otros. Las generaciones que interactuaron en el último tercio del siglo XIX mexicano, son muestra evidente que lo dicho por Bloch es verdad.

La vida de Gerardo Murillo puede representar un espejo para reconocer las complejidades de la condición humana, como personaje con una vida llena de contrastes. En 1905 fue contratado por la Secretaría de Instrucción Pública y Bellas Artes para hacerse cargo de dictaminar la obra pictórica que habría de ser catalogada como patrimonio de la nación; el motivo de haberlo elegido era la educación que había recibido en el viejo continente, resultado del apoyo presidencial recibido años atrás. 

Sus andanzas en Italia y Grecia, así como las visitas a los mejores museos y archivos, habrían sido fuente de primera mano para el artista. Finalmente, la inversión regresaba al estado porfiriano, que ansiosamente buscaba construir un lenguaje renovador, acorde con la imagen de modernidad afanosamente buscada para proyectarse al exterior.  

El maestro —originario de Jalisco—, se dio a la tarea de revisar anaqueles, esculturas y grabados; con su ojo educado, acostumbrado a ver con detalle, pronto rendiría un informe en el que la honestidad, aderezada de sarcasmo, dejaría en claro que poco o nada de aquello, merecía ser considerado para recibir el apelativo de “patrimonio de la nación”; su habilidad le otorgó la posibilidad de hacer valuaciones en distintas ciudades y acervos como el de la Escuela Nacional de Bellas Artes, de la que era director Antonio Rivas Mercado. La encomienda para Gerardo Murillo fueron los inventarios de pintura. 

Terminada su labor en mayo de 1908, el informe fue devastador, por decir lo menos:

Al revisar esta obra con motivo de la desocupación de la vieja bodega, he ratificado en todo el juicio que de ellas me había formado y no he encontrado entre las doscientas cuarenta y seis pinturas embodegadas, más que una sola que pueda pasar a la nueva bodega, donde espero, el tiempo tendrá el buen sentido de acabarlas de destruir.

La descripción de Gerardo Murillo correspondía a su contexto y formación: su repudio a la reminiscencia de la tradición novohispana era patente por dos motivos, con múltiples aristas: de un lado, su formación inicial ¾de corte positivista¾, renuente al pasado colonial, y por otro, el acercamiento a los movimientos de vanguardia europeos, combinados con la ideología trasgresora y contestataria de los movimientos sociales de la época. 

Se dice que “los viajes ilustran”, y sin duda, el realizado por Murillo le reiteró la convicción de que se podía generar un movimiento propio, libre de imitaciones y cánones impuestos, como los que, en la perspectiva de su tiempo, se tenían respecto del pasado hispánico, en su opinión: oscurantista, débil y paupérrima de color

La diversidad de sus actividades le otorgó múltiples experiencias y prestigio. Puede decirse que era un destacado gestor cultural, pues tendía puentes y diálogos con todos los sectores: las clases nocturnas, sus dictámenes institucionales y las críticas a los proyectos conmemorativos del centenario de la Independencia, lo ubicaban en el epicentro de la historia, con un presente lleno de paradojas y contrastes. 

En su autobiografía, José Clemente Orozco narra con detalle las ideas de Gerardo Murillo y la concesión obtenida para realizar pinturas murales en el recién construido Anfiteatro de la Escuela Nacional Preparatoria de San Ildefonso, proyecto que se vio interrumpido por el estallido de la revolución en 1910. Sin embargo, Murillo permaneció alrededor de siete meses después de iniciada la guerra y antes de que tomara la decisión abrupta de autoexiliarse en Europa. La pregunta es: ¿qué hizo en ese periodo de tiempo? No es una pregunta sin respuesta: Murillo sembró la semilla de la insurrección en los estudiantes de la ENBA para protestar en contra del sistema impuesto (denominado Pillet) y en contra del director Antonio Rivas Mercado. Era solo cuestión de tiempo para que los alumnos estallaran una huelga que duró de 1911 a 1913. 

El Ateneo de la Juventud, grupo creado en 1909, fue el centro que reunió las discusiones, planteamientos, teorías y tendencias de pensamiento donde se debatían las posturas sobre el ya anacrónico estado porfirista, con la necesidad de buscar nuevos rumbos. Su antecedente inmediato tuvo lugar en 1907, un proyecto llamado Sociedad de Conferencias, de la que estaba a cargo el arquitecto Jesús T. Acevedo, quien más tarde sería miembro del Ateneo. A aquellas reuniones, Gerardo Murillo asistía con frecuencia, y en más de una ocasión, tomaba la palabra para expresar sus ideas, algunas convergentes (otras divergentes), pero que reunidas guardaban algo en común: la urgente necesidad de una renovación total y que Orozco dejó plasmadas en su autobiografía. 

Sin serlo, puede decirse que Gerardo Murillo fue ateneísta: sus ideas comulgaban con las expresadas en el Ateneo de la Juventud, espacio del que emergieron los procesos que dieron estructura al fenómeno cultural de las primeras décadas del siglo XX. Pero ¿por qué no se reintegró al proyecto mural gestionado por él en la Preparatoria? La respuesta quizá ya la tengan las personas lectoras: había descartado eso mucho antes de haber comenzado. 

Sin embargo, esa decisión no lo deja fuera del fenómeno plástico más importante de México en el siglo XX: antes lo contrario, trasmitió a toda una generación de creadores el sentido de renovación y experimentación; incentivó la exploración y construcción de símbolos que Murillo encontró en el paisaje, en las montañas de su país. Ahí estaba el alma nacional: una visión muy propia del Anima Mundi. puede decirse que el temperamento de hombre independiente de quien después se autonombraría Dr. Atl, fue el detonador que contribuyó a los procesos de reflexión y constructo, pero haciendo honor a su nombre adoptado: el agua (que puede estancarse y pudrirse); la vida, sin embargo, de Gerardo Murillo, el Dr. Atl fue un río de caudal inagotable.

Valle de Tepoztlán, 1958. Dr. Atl (Gerardo Murillo)
 ©️ Colección Andrés Blaisten

Bibliografía

  • Arte moderno de México: 1900-1950. México, Antiguo Colegio de San Ildefonso, 2000.
  • Catálogo comentado del acervo del Museo Nacional de Arte: Pintura del siglo XIX. Tomo I: “México”, Conaculta-INBAL, 2002.
  • Latin American Lives. Nueva York, MacMillan, 1998. 
  • Los modernos. México, Museo Nacional de Arte/INBAL-Museé des Beaux-Arts de Lyon, 2016.
  • Matute, Álvaro. La revolución mexicana: actores, escenarios y acciones. Vida cultural y política 1901-1929. México, Océano, 2002.
  • Museo Nacional de Arte. México, INBAL, 2003.
  • Ramírez, Fausto. Modernización y modernismo en el arte mexicano, México, UNAM, 2008. 
  • Sáenz, Olga. El símbolo y la acción: Vida y obra de Gerardo Murillo, Dr. Atl. México, UNAM, 2012.

*Historiador, Coordinador de Voluntariado y Servicios al Público del Colegio de San Ildefonso.


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