Memoria Compartida | Escuela Nacional Preparatoria

La Escuela Nacional Preparatoria y la UNAM

Historia compartida en la construcción de una identidad

 Jonatan Chávez*

 

No existe universidad sin libertad. No existe democracia sin libertad. La libertad
para investigar, la libertad de cátedra, la libre discusión, son pilares de la
Universidad, la democracia por su parte supone y tutela diferentes libertades: la de
expresión, la de agrupación, la de crítica, la de voto. La UNAM es un motor de
cambio democratizador. No solo porque las libertades ejercidas en sus aulas
irradian más allá de sus fronteras, sino porque un buen número de las
elaboraciones de sus profesores modelaron las reformas que abrieron paso a la
coexistencia de la diversidad en nuestra vida pública.

José Woldenberg

 

En 2010, la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) celebró cien años de su fundación el 22 de septiembre de 1910, cuando se inauguró —aún sin ser autónoma en el Anfiteatro de la Escuela Nacional Preparatoria de San Ildefonso, en el marco de las celebraciones del centenario de la Independencia. Gracias a la gestión que Justo Sierra había realizado desde 1881, esa mañana México tenía una institución educativa de nivel superior.

Aún sin ser autónoma, la Universidad Nacional de México y la Escuela Nacional Preparatoria (ENP) quedaron así vinculadas. Muchos han sido los procesos transitados para consolidarse como dos de las instituciones educativas más importantes del México contemporáneo.

Representación del Escudo de la Universidad Nacional de México, diseño atribuido a Jorge Enciso.
Segundo nivel de la escalera del Colegio de San Ildefonso, 1921.

El pasado 27 de abril, la UNAM celebró cien años de su emblema “Por mi raza hablará el espíritu”, y del escudo universitario creado en 1921, por iniciativa del rector José Vasconcelos. Fue representado por primera vez en el segundo nivel del cubo de la escalera principal del Colegio de San Ildefonso, junto con el emblema de la ENP; ambos simbolizan la identidad y pertenencia de millones de mexicanos, que han sido educados en sus aulas, escuelas y facultades.

Ser preparatoriano y/o universitario es motivo de orgullo, pero también de responsabilidad con la sociedad; por lo tanto, los escudos se vuelven referentes que no solo identifican a una comunidad: también son la síntesis de una historia compartida a través del tiempo.

La Real y Pontificia Universidad de México, creada por cédula real de Carlos I de España (Carlos V, monarca de Europa) en 1551, fue la institución más importante en la Nueva España durante el dominio virreinal. Tras la independencia alcanzada en 1821, la universidad, más que una institución formativa, fue vista como símbolo de opresión, reducto de todo aquello que el México independiente buscaba emanciparse. La decisión de llevar a cabo su anulación en 1833, durante el gobierno del presidente Valentín Gómez Farías, significó para el contexto de la época enterrar ese pasado que ya no era conveniente. 

Se buscaron entonces los modelos más innovadores de enseñanza: la opción fueron los de las escuelas nacionales o de altos estudios francesas, que con el método positivista creado por el filósofo galo Augusto Comte, habían cambiado la metodología de aprendizaje en occidente a mediados del siglo XIX.

Con la creación de la Ley de Instrucción Pública en diciembre de 1867, el gobierno de Benito Juárez encomendó a Gabino Barreda la adaptación del modelo positivista para constituir el primer sistema educativo laico en México: la Escuela Nacional Preparatoria, cuya sede habría de ser el otrora jesuita Colegio de San Ildefonso.

El modelo positivista contribuyó a la formación de civilidad e institucionalidad educativa: bajo el lema Amor, orden y progreso se aspiraba a construir una sociedad moderna tan necesaria en un país en ciernes y extenuado por las guerras intestinas e invasiones extranjeras; sin embargo, para el último tercio del siglo XIX, el modelo positivista había dado de sí. México requería una renovación en su sistema de enseñanza.

Además de esa necesaria actualización, el régimen gobernante (que se negaba a fenecer) se encontró ante la coyuntura de modernizarse, situación compleja, pues en su base ideológica renegaba de su origen colonial, indígena y mestizo; antes de mirar a su interior, de nuevo el poder volcó su mirada hacia afuera, olvidando sus raíces; más grave aún, expolió del pasado, del que solo sustrajo la grandeza de las civilizaciones milenarias del mundo precolombino. Sobre esa base, apostó su futuro en nombre del progreso al costo que fuere, sin considerar las verdaderas necesidades de una sociedad depauperada y hundida en la miseria.

Justo Sierra concibió la creación de una nueva Universidad que fuese la corona del modelo educativo. Crear una institución de nivel superior, como la futura UNAM, fue un gran acierto; sin embargo, era el modelo positivista el que ya estaba desgastado, acorde a las ideologías del régimen porfirista, en su discurso inaugural hizo patente la negación de ese pasado:

¿Tenemos una historia? No. La universidad que nace hoy no tiene raíces; sí, las tiene en una imperiosa tendencia a organizarse, que revela en todas sus manifestaciones la mentalidad nacional… si no tiene antecesores, si no tiene abuelos, nuestra universidad tiene precursores: el gremio, el claustro de la Real y Pontificia Universidad de México no es para nosotros un antepasado, es el pasado.

Como lo señaló Edmundo O ‘Gorman, lo dicho por Justo Sierra aquella mañana de septiembre de 1910, significó:

… desenterrar a la Universidad para salvar el positivismo; la resucitó para superarlo. Así es la historia, pero no es que seamos sus víctimas, es que, más llanamente, más profundamente, somos eso, somos historia.

La historia es el resultado de procesos complejos: lo realizado por Sierra fue un traje hecho a la medida de los intereses del régimen y del contexto del cual no pudo sustraerse. En un acto de aparente renovación, la apertura de la universidad significó un hecho determinante para la educación del porvenir; era cuestión de semanas para que el régimen fuese derrocado y el país resultara envuelto en una larga guerra que, a sangre y fuego, cambió por completo el rumbo de la historia de México.

En el convulsionado proceso de la revolución, el asesinato del presidente Venustiano Carranza (mayo de 1920), llevó a Adolfo de la Huerta a ocupar la presidencia interina. José Vasconcelos fue entonces nombrado rector de la Universidad Nacional de México (del 9 de junio de 1920 al 12 de octubre de 1921). Como intelectual, Vasconcelos estaba convencido de que la identidad cultural del país era mestiza, resultado de reminiscencias milenarias indígenas que prevalecieron con la cultura occidental y que principalmente en la palabra, hacía patente la universalidad de sus elementos.

José Vasconcelos, retrato, 1918.
©️ Instituto Nacional de Antropología e Historia.

Cuando Vasconcelos asumió la rectoría de la Universidad, esta carecía de un emblema, como el de la ENP. Se dio a la tarea entonces de prefigurar los elementos que habría de contener el escudo universitario. Los símbolos que reunió son una clara afirmación de la idea que el filósofo tenía sobre el origen de la cultura mexicana: el alma mater de la institución representada en el emblema, tendría que contenerlos.

Por principio, hizo una representación espacial del territorio denominado Latinoamérica del río Bravo a la Patagonia. Bordea la geografía una banda con el lema: Por mi raza hablará el espíritu, una raza mestiza resultado de fusiones y procesos, con espíritu inagotable que abreva de su herencia cultural universal, flanqueada por un cóndor alusivo a América del sur y el águila real de América del norte, ambas, aves portentosas que aluden a las civilizaciones anteriores a la conquista europea.

En la base del escudo, se halla una alegoría del valle de México, espacio geográfico que reúne los constructos de la identidad nacional, desde el mito del águila que devora una serpiente, hasta el nombre del país; se destacan los emblemáticos volcanes Iztaccíhuatl y el Popocatépetl rodeados por nopaleras.

Remata el escudo una banda con el nombre de Universidad Nacional de México, mismo que fue modificado cuando se alcanzó la Autonomía de la institución en 1929. José Vasconcelos fue un personaje que participó de los círculos de intelectuales de capitales latinoamericanas, donde se reflexionaba acerca de la identidad cultural de la región. Su visión acerca de estos temas es resultado de comprender a la historia como un proceso, amalgama de apropiaciones que otorgan diversidad y riqueza a la cultura latinoamericana.

La Universidad Nacional (Autónoma) de México nació dentro de los muros de la Escuela Nacional Preparatoria. El contexto ideológico que la vio nacer, no la determinó en su devenir ya que, a través del tiempo, ha sido una institución educativa al servicio de la nación. Los valores que promueve no han sido impuestos: son el resultado de todo un proceso donde la voz de la sociedad mexicana se ha expresado. Su pasado no se constriñe a un tiempo; su patrimonio, el nuestro, es aval de su grandeza y su emblema sintetiza los ideales universales que expresan la riqueza cultural de la que está constituida la identidad mexicana.

Bibliografía

  • Escuela Nacional Preparatoria. Imágenes y pinceladas de sus protagonistas. México, UNAM-ENP, 2014.
  • Los 100 años de la UNAM. México, La Jornada, 2010.
  • Maravillas y curiosidades. Mundos inéditos de la Universidad. México, Antiguo Colegio de San Ildefonso, 2004.
  • Tiempo universitario. México, Antiguo Colegio de San Ildefonso, 2010

*Historiador, Coordinador de Voluntariado y Servicios al Público del Colegio de San Ildefonso.


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