MEMORIA COMPARTIDA | ANECDOTARIO

¡Goya, goya, cachún, cachún, ra, ra…!

La vida cotidiana de los preparatorianos en el barrio universitario 1930-1940

Jonatan Chávez Sánchez*


Evocado por Paco Ignacio Taibo II en su obra Sombra de la sombra, el ambiente en la Preparatoria en la década de los veinte debió tener olor a pólvora, copal, aguarrás, tabaco y al cemento Portland, que usaban los muralistas para los repellados de sus obras. Correr entre las calles de Seminario o el Carmen, que era donde te tiraban los camiones para llegar a tiempo a la clase de Física y que el tacón no se te quedara atrapado en las escaleras, que muchos estudiantes refieren en sus memorias, era un acto casi circense. Esas escaleras ya no existen, pues desde 1985, año en que se encontró el nivel original de la calle, ya no bajas, sino subes escaleras para entrar al Colegio de San Ildefonso.

Cuando en 1925 en la calle del Carmen se inauguró el cine Goya, la incisiva y burlona inspección de los estudiantes lo clasificó como “piojo” pues no era de lo mejor, pero al menos lo pasabas bien. No hay que olvidar que el cine desde finales del siglo XIX se convirtió en México en uno de los divertimentos más fascinantes para el pueblo.

La década de los treintas se prospectaba con grandes cambios influidos por la política exterior. Se aproximaba el centenario de la muerte del Libertador de América y, como ya se mencionó en otra entrega, Fernando Leal, durante el rectorado del doctor Pedro de Alba, hizo una última intervención a manera de homenaje sobre los muros del anfiteatro para representar a los libertadores de América.

El urbanismo del entonces incipiente barrio universitario, alojado y disperso entre los antiguos edificios, empezaba a trastocarse. Toda la estructura que Guillermo Tovar y de Teresa llamó Ciudadela Jesuita, compuesta por el Colegio Mayor de San Pedro y San Pablo, que limitaba hasta la iglesia de Loreto, también jesuita, fusionado con el Colegio de San Gregorio, separados solamente por un porcho y el huerto que ambos edificios compartían, sufrió modificaciones, que dieron paso a un nuevo discurso urbano asociado al progreso. Hoy el huerto ya no existe y del porcho solo queda un fragmento, el resto quedó sepultado debajo de la calle que abre el paso cotidiano al Metrobús.

La fragmentación del terreno dio lugar al nacimiento de la calle de República de Venezuela; la cual, como muchas otras fueron rebautizadas con los nombres de los países latinoamericanos en aquel centenario. Más tarde, en 1934, el Colegio de San Gregorio se convirtió en el mercado Abelardo Rodríguez, bajo la promesa de acabar con el eterno problema del ambulantaje y ordenar la ciudad. Luego, en 1936 se estableció la Universidad Obrera en el parte del Colegio de San Pedro y San Pablo, mientras que la otra mitad se transformó en la Hemeroteca Nacional.

La politización de los estudiantes preparatorianos nunca dejó de ser un elemento sustancial de su formación estudiantil, críticos de la geopolítica del momento, cuya tradición provenía de la década anterior, por ejemplo, los anarquistas de cachuchas negras en tiempos de Frida. Los treintas no fueron muy diferentes, al contrario, el mundo les presentaba nuevos contextos regionales como el panamericanismo y la paradoja de las oligarquías y gobiernos militares golpistas de América del Sur al servicio del imperialismo yanqui, contrapuesta a la euforia nacionalista que en México se desató con la expropiación petrolera; las ultraderechas asentadas en la Italia fascista de Mussolini y en la Alemania nazi, otra amenaza que se acentuaba como un fantasma en la antesala de una posible segunda guerra mundial; el estallido de la guerra civil española (1936-1939), y las diversas posturas de las ideologías comunistas, que producían discrepancias y choques.

Tal era el ambiente del barrio universitario que generó comunidad y apego entre sus integrantes. La Preparatoria de San Ildefonso se encontraba al centro de esa vida que trascurría entre las clases de Etimología o Lógica, las elecciones de las plantillas de las sociedades de alumnos que pegaban sus carteles con goma sobre los murales  de Orozco y de Siqueiros, las rechiflas y piropos de los estudiantes al ver entrar a las chicas de nuevo ingreso, o por el contrario, de las mujeres del Gineceo (el segundo nivel del patio principal) hacia los jóvenes a los que les esperaba la inevitable novatada de ser rapados, los bailes para elegir a la reina de la Prepa y cuando el tiempo lo ameritaba, matar clase al puro estilo del goya, todavía empleado.

Hacia el final de la década, José Luis Rodríguez, un estudiante apodado Palillo por lo esbelto de su fisonomía, ingresó a la matrícula de la Preparatoria. Se dice que cuando quería matar clase la palomilla de José Luis se reunía y gritaba por los pasillos de San Ildefonso la consigna de ¡goya, goya!, al que más tarde, se le agregaron el ¡cachún, cachún, ra, ra!, la expresión para anunciar que las chicas accedían a ir al cine con ellos para pasar un buen rato, pues cachún entre los estudiantes significaba cachondear.

Con la paradójica e inevitable influencia del american way of life llegó el futbol americano y con ello, la motivación grupal. Así, este grito que convocaba al ocio y a matar clase se convirtió en la porra universitaria que funciona como amalgama entre los universitarios.

*Coordinador de Voluntariado y Servicios al Público

 Bibliografía

  • Los 100 años de la UNAM. México, La jornada, 2010.
  • Tiempo Universitario. México, Antiguo Colegio de San Ildefonso, 2010.
  • Escuela Nacional Preparatoria. Imágenes y pinceladas de sus protagonistas. México, UNAM-E.N.P. 2014.

Internet

https://www.fundacionunam.org.mx/cancha-puma/goya-la-historia-del-grito-universitario/


¿Quieres saber más sobre la historia del Colegio de San Ildefonso?


    

Comentarios

Populares