MAESTROS MURALISTAS

Murales de José Clemente Orozco en la ciudad de Guadalajara
Segunda parte: Hospicio Cabañas

Capilla Mayor, Instituto Cultural Cabañas, Guadalajara, Jalisco, México. Fotografía por Ted McGrath, 2017.

Jonatan Chávez* 

 

Los frescos del Hospicio Cabañas tienen como pocos un programa general, todos los tableros se llaman entre sí, hay una coherencia y sentido del conjunto… se prestan a innumerables lecturas, muchas desaforadas y sin argumentos, dejando en segundo plano lo protagónico y esencial de la obra: esta cima del muralismo orozquiano se impone sencillamente como un suceso plástico soberbio en su expresión y sin parangón en el arte.


Doctor Renato González Mello 



De estilo neoclásico y de tiempos virreinales, el Hospicio Cabañas fue encomendado a Manuel Tolsá para su construcción en 1805, gracias a la dedicación del obispo Juan Cruz Ruiz de Cabañas y Crespo, a cuya llegada a la ciudad de Guadalajara, capital de la Nueva Galicia —hoy Jalisco— en 1796, y por instrucción del rey Carlos IV, se dio a la labor de levantar una casa para niños expósitos, ordenándosele hacer albergue para ancianos, enfermos, viudas, entre otras acciones. El proyecto enfrentó los avatares de la revolución de independencia y fue hasta 1828 que abrió como hospicio, convirtiéndose en un referente para la historia de la ciudad.

José Clemente Orozco dedicó los años de 1937 a 1939 para realizar uno de los conjuntos pictóricos más completos de su obra como muralista y sin duda, uno de los más destacados de ese movimiento plástico en México. El artista jalisciense no perderá la oportunidad para hacer gala de su dominio de la técnica y apropiarse con sus trazos del tema del hombre y la máquina como creación y destrucción, una paradoja de aquella sociedad que es testigo de una guerra que se vive en el viejo continente: la guerra civil española 1936-1939, antesala de la carnicería mundial que está por venir.  

En el tiempo que Orozco realizó los murales del Hospicio, ya se había consagrado en el mundo de la plástica, y su talento, más que probado, había sido carta de invitación para revestir los muros del insigne inmueble. El pintor, quien nunca concedió un ápice de libertad para representar lo que deseaba, no haría excepciones en este proyecto, donde muestra una sociedad monstruosa, prejuiciosa e hipócrita que se niega a ver lo que le desagrada de sí misma, pero que ejerce día tras día.

Hombre y máquina se enfrentan en un mismo escenario: el tema es una alegoría de la mexicanidad construida a sangre y fuego, donde destacan acciones como los ritos sangrientos de las culturas prehispánicas, con divinidades sedientas de sangre, para luego seguir con el hecho en sí mismo de la conquista, justificada a través de la propagación de la fe e impuesta con la acción de la evangelización, que mediante el símbolo de la cruz pretendió justificar la presencia hispánica, representada en la figura del monarca Felipe II, quien parece más bien un cadáver.

Orozco devela en su narración a un hombre presa de sus creencias y escéptico de sí mismo: en las pechinas de la cúpula representa los oficios de toda creación humana, en los que más de una ocasión ha depositado el constructo ideológico de su creencia en lo sagrado, con los pasos, los procesos y los tiempos de su evolución. La máquina también es creación suya, pero se vuelca contra la humanidad: la hace presa, la esclaviza, destruye y sin embargo, deposita en ella su esperanza, es el conflicto que se vive en el contexto histórico que Orozco mira a su alrededor; la máquina de guerra que aniquila a su creador.

En alusión a lo expresado por el doctor Renato González Mello, los paneles son una narración, un entramado que detona un diálogo en el que sin perder la trama principal, se hacen presentes el obispo Cabañas, los niños desamparados del hospicio, las luchas sociales, las fachadas de los edificios de la universidad y del palacio de gobierno o la torre del templo de San Felipe Neri y las techumbres de las casonas del viejo barrio de San Juan de Dios de la perla tapatía, todo en un narrativa que destaca la pincelada firme de Orozco, que se enfatiza con la cromática ya distintiva del artista de Ciudad Guzmán y con la que rindió homenaje a su tierra natal.

José Clemente Orozco, Hombre en llamas, Capilla Mayor, 
Instituto Cultural Cabañas, Guadalajara, Jalisco, México. 
Fotografía por Ted McGrath, 2017.

La cúpula es la resolución de esta serie: tres hombres, dos sentados y uno boca abajo sobre ellos; otro arde en llamas, inmolado en sí mismo, en su propia circunstancia, su paradoja es creación-destrucción, finitud-trascendencia, anhelos de toda condición humana, monumental, imponente, así como es el espíritu cuando deposita todo su potencial en crear para traspasar el tiempo.

Justino Fernández quedó convencido que el conjunto mural del Hospicio Cabañas era el más formidable en su concepción. Para Luis Cardoza y Aragón los murales de este inmueble son un prodigio sin parangón; sean cuales fueren las opiniones, todas resultan válidas si partimos que en el fuego se reúne lo más valioso que el ser humano ha desarrollado desde su existencia: ingenio y creatividad inconmensurables.


 

BIBLIOGRAFÍA:

  • Clemente Orozco, José. Autobiografía. México, Era, 2007.
  • José Clemente Orozco. Pintura y verdad. México, Catálogo de la exposición Antiguo Colegio de San Ildefonso, 2010.
  • Matute, Álvaro. La revolución mexicana: actores, escenarios y acciones. Vida cultural y política 1901-1929. México, Editorial Océano, 2002.
  • Ramírez, Fausto. Modernización y Modernismo en el arte mexicano, México, UNAM, 2008.
  • Roura, Alma Lilia, Olor a tierra en los muros. México, Educal, 2010.
  • Tibol, Raquel. José Clemente Orozco: una vida dedicada al arte. México, FCE, 2009.
  • ___________. Cuadernos de Orozco. México, FCE, 2010.


Historiador y Coordinador de Voluntariado y Servicios al Público de Colegio de San Ildefonso. 

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