MEMORIA COMPARTIDA

Anecdotario de San Ildefonso
A la memoria del Doctor Mario Molina, premio Nobel de Química (1943-2020)

Jonatan Chávez* 

 

Algunas veces necesitamos predecir lo que pasaría en el futuro y en ese caso necesitamos entender la ciencia básica, lo suficientemente bien para hacer predicciones confiables, no podemos esperar a que suceda el futuro y hacer el experimento, es ahí donde tenemos que juzgar el resultado y anticipar lo que podría pasar después.

Mario Molina 


Mario Molina Pasquel (1943 - 2020), Archivo

Nacido el 19 de marzo de 1943 en la Ciudad de México, José Mario Molina Pasquel y Henríquez, fue desde niño muy estudioso y orientado a la ciencia. A pesar de que su madre falleció muy joven, tocaba el violín y emprendió todo lo necesario para una educación multidisciplinaria que tuvo en casa, si bien tomó el camino de la ciencia, aunque siempre vio con añoranza sus lecciones de música.

Novelas de piratería y biografías de científicos destacados fue la literatura de su niñez, que le llevó a solicitar regalos como equipos de química, con los que jugaba a tomar muestras de lechugas podridas que pasaba al microscopio para observar bacterias y microrganismos. Después de la primaria, sus padres lo enviaron a estudiar al Institute auf dem Rosenberg en San Galo, Suiza, pues si deseaba ser un buen científico tendría que aprender alemán. 

Como Octavio Paz, solo que décadas después, Mario Molina transitó entre las aulas y pasillos de la Escuela Nacional Preparatoria en San Ildefonso. Más adelante cursaría en la propia Universidad Nacional Autónoma de México la carrera de ingeniería química. Al término en 1965 continúa con el doctorado en la Universidad de Berkeley en California y decide quedarse —gracias a la invitación del doctor Sherwood Rowland—, para una estancia en la Universidad de Irvine. Ambos científicos tenían procesos similares de química fundamental y un tema que les atraía era la inserción de sustancias en la atmósfera, producto de desechos industriales, y que hasta ese entonces nadie había tomado como objeto de estudio. En la década de los cincuenta se había iniciado la investigación sobre la capa de ozono, y se tenían sospechas sobre productos industriales, pero nada se había comprobado.

El camino estaba abierto a la generación de un nuevo campo de investigación. La inquietud inicial del doctor Mario Mollina era el descubrimiento de temas científicos que dieran origen a nuevas problemáticas para analizar, así que el tema le resultaba factible.

La capa de ozono que cubre la tierra es vulnerable, sin ella no habría sido posible la vida, pues protege al planeta de la radiación solar. Se sabía que la actividad humana contribuía a la introducción de contaminantes químicos, que quizá siempre había pasado, pero con la actividad industrial del siglo XX, se comenzó con la polución de sustancias sintéticas en la atmósfera.

Los CFC (clorofluorocarburos), inexistentes en la naturaleza, fueron sintetizados en los laboratorios y usados en la industria de la refrigeración y aerosoles, principalmente. Al ser consumidos por la sociedad comenzaron a ser emitidos a la naturaleza y dispersados por la acción del viento, acumulándose en la atmósfera, donde se estabilizan, aunque no son eliminados por acción natural. Estos compuestos contienen cloro, que se adhiere a las moléculas de ozono, pero las moléculas que quedan del lado donde llega la radiación del sol, ya no ejecutan su acción esencial de proteger al planeta. De este modo se pudo entender cómo el ozono se reducía al arrojar a la atmósfera mayores cantidades de partículas de cloro contenidas en los CFC.

Estos compuestos se mantienen ahí hasta por más de cincuenta años. Mario Molina descubrió entonces que, si se continuaba con la misma práctica en el uso de estas sustancias, habría consecuencias irreversibles, con repercusiones en toda la vida del planeta, por lo que su investigación llevó a advertir a los gobiernos del mundo y a hacer replanteamientos de los modos de producción.

La inducción fue la manera de dar a conocer su investigación, es decir, si esto sucede por una acción, la reacción debe ser otra con determinadas cualidades, que son detectadas fácilmente. Su trabajo se publicó a manera de articulo en la revista científica Nature Magazine en 1974. La reacción negativa por parte de los industriales, en especial de la empresa Dupont, principal productora de freones en el mundo, no se hizo esperar, comenzando una batalla de desprestigio, que Mario Molina enfrentó, incluso en el senado de los Estados Unidos. La defensa de su teoría puede decirse que marcó el comienzo de una revolución ecológica pues el científico mexicano tuvo que renunciar temporalmente a la nacionalidad mexicana para poder seguir con la investigación en el país del norte.

Fue invitado al Lawrence Laboratory en Berkeley para probar su teoría, y así comienzan a respaldar su trabajo los estudios de la comunidad científica, con la evidencia de que el agujero en la capa de ozono es más grande de lo que se pensaba y los daños que producía la radiación solar también. Pronto se comenzó a hacer conciencia de lo grave en los efectos que se producirían si se seguía con estas prácticas. 

Se puede decir que gracias a la investigación del químico mexicano, se hizo una reconversión en el proceso industrial hasta ese entonces conocido y que sentó el precedente de conciencia global para nuevas generaciones, ya que los problemas pueden tener implicaciones para todo el planeta, impulsándose a la vez el desarrollo de nueva tecnología para ser aplicada en la producción de enfriadores y aerosoles. En el Protocolo de Montreal de 1987, se conminó a no usar los clorofluorocarburos, además de anticiparse en la resolución de problemas ambientales globales. En 1993, Mario Molina es nombrado miembro de la Academia de Ciencias de los EEUU.

El 11 de octubre de 1995 se anuncia que el premio Nobel de Química se otorgaba a Sherwood Rowland, Mario Molina y Paul Crutzen. Es importante destacar que fue el primer Nobel que se otorgó en materia ambiental, siéndole devuelta la nacionalidad mexicana, hecho sin precedentes —y gracias a Molina los mexicanos pueden gozar de este derecho—.

La labor del doctor Mario Molina demuestra cómo la actividad humana requiere de la ciencia sin duda para su desarrollo, pero más que esto, lo importante es entender que todo quehacer humano no es ajeno y debe ser la ciencia una aliada permanente en la toma de decisiones en la sociedad, si deseamos continuar como especie sobre la faz de la tierra.

Consciente de ello, se creó el Centro Mario Molina, donde comenzó a realizar estudios más profundos sobre la calidad del aire y la Ciudad de México fue un espacio referencial para lograr esto, con la intención de vincular la toma de decisiones, conservación y uso adecuado de los recursos, frente al cambio climático global y hacer lo más adecuado para retardar sus efectos. Mario Molina fue un científico comprometido hasta el final con su país: procuró contribuir con sus aportes científicos a una mejor toma de decisiones, sus últimos trabajos estuvieron volcados al estudio de la pandemia causada por Covid-19 e incluso hizo la mención del uso del cubrebocas para evitar la propagación y contagio del virus.

Universitario destacado, apasionado hombre de ciencia y de su tiempo, del que nunca se sustrajo ni fue ajeno, Mario Molina fue un hombre que contribuyó a la ciencia contemporánea del siglo XX y será referente para entender cómo ciencia y sociedad deben ir de la mano. Dicho en propias palabras del científico: todo el planeta puede ponerse de acuerdo para resolver problemas globales. 

Archivo, UNAM


Bibliografía

  • Escuela Nacional Preparatoria. Imágenes y pinceladas de sus protagonistas. México, UNAM-ENP, 2014.
  • Garzón Lozano, Luis Eduardo. La historia y la piedra. México, Porrúa, 1998.
  • Los 100 años de la UNAM. México, La Jornada, 2010.
  • Maravillas y curiosidades. Mundos inéditos de la Universidad. México, ACSI. 2002.
  • Tiempo universitario. México, Antiguo Colegio de San Ildefonso, 2010.

 

Historiador y Coordinador de Voluntariado y Servicios al Público de Colegio de San Ildefonso. 


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