San Ildefonso en el Tiempo

HISTORIA


Conoce los acontecimientos que, por más de cuatrocientos años, han formado tanto la propia historia del Colegio de San Ildefonso, como la de algunos de los procesos artísticos, culturales y sociales más significativos de nuestro país.

Un breve recorrido por el Colegio de San Ildefonso



Se dice que en la arquitectura se refleja el temperamento de un pueblo, de una civilización; las dimensiones, diseños y materiales que la conforman, son la representación de creencias, ideologías, aspiraciones e incluso frustraciones. Quizá aún podemos leer estos significados porque la arquitectura tiene la capacidad de trascender el tiempo a través de la memoria.

Si hacemos caso a este principio para revisar la arquitectura del Colegio de San Ildefonso, no quedará duda de que cuando se inauguró el seminario en 1588, con treinta futuros jesuitas, ya se pensaba que el edificio trascendiera no solo por su labor educativa, sino también por la grandeza de espíritu de la compañía reflejada en la arquitectura.

En siglo XVII, con la fusión de los Colegios de San Pedro y San Pablo y el otorgamiento del patronato Real (dádiva económica otorgada por el Rey de España a los jesuitas, destinada a becas para estudiantes de bajos recursos), el Colegio de San Ildefonso comenzó a incrementar la cantidad de internos, por lo que se comenzó a considerar la necesidad de agrandarlo.

En 1712, se comenzó la ampliación del inmueble jesuita con sus tres patios: el Colegio Chico, el Patio de Pasantes y el Colegio Grande. El salón General y la capilla se inauguraron en 1740, pero en realidad las obras finalizaron nueve años después. El padre Cristóbal Escobar y Llamas, rector del colegio durante los trabajos, no reparó en que su artífice, Pedro de Arrieta, empleara los mejores materiales de la época, como cantera, tezontle y basalto; triada matérica que le dio ese sello distintivo a la arquitectura barroca novohispana de la Ciudad de México, y la dotó de durabilidad, gracias a su resistencia. En 1749 se concluyó la obra, el tiempo necesario para detallar la fabricación de los acabados, que aunque se conservan pocos, aún nos dejan sorprendidos como las forjas de los balcones, la delicada talla de los portones y las ventanas de cedro rojo.

Al decretarse la expulsión de la Compañía de Jesús, el edificio fue ocupado por el cuarto batallón del regimiento de Flandes. La indignación de la población ante el nuevo uso del recinto no se hizo esperar. En el Archivo Histórico de la Ciudad de México existen documentos que describen con alarma y enojo las humaredas visibles desde el exterior, resultado de las fogatas que hacían los soldados en los patios para preparar el rancho, (la comida que se da a los militares), sin respeto alguno hacia su primera vocación y su valor arquitectónico.

En 1833, el inmueble fue convertido en Escuela de Jurisprudencia. En 1863, lo ocuparon los jesuitas, pero lo perdieron nuevamente cuando Benito Juárez fundo ahí la Escuela Nacional Preparatoria.

Entre 1906 y 1910, se amplió el edificio hacia el sur, con un anexo y con el anfiteatro Simón Bolívar. Sin duda, el arquitecto Samuel Chávez logró combinar la arquitectura del XVIII con el eclecticismo del siglo XIX.

Hasta 1982, la construcción sirvió como sede del plantel número uno de la Escuela Nacional Preparatoria. Diez años más tarde, en 1992, a iniciativa del ya fallecido Rafael Tovar y de Teresa, fundador del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (hoy Secretaría de Cultura del Gobierno de México), el edificio fue restaurado por el arquitecto Ricardo Legorreta y, con la inauguración de la gran exposición México: esplendores de treinta siglos, inició una nueva etapa como el recinto cultural que hoy conocemos.

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