MAESTROS MURALISTAS

José Clemente Orozco: Ecos de su obra pictórica en San Ildefonso en los muros de los Estados Unidos
Segunda parte

Jonatan Chávez*

Homero es nuevo esta mañana, y no hay nada más antiguo que el diario de hoy.

Charles Péguy


La segunda estadía de José Clemente Orozco en la ciudad de Nueva York coincidió con momentos muy críticos, como el colapso de la economía en aquel jueves negro de 1929. El entonces secretario de Relaciones Exteriores, Genaro Estrada, facilitó su estancia en aquellas latitudes.

En las largas caminatas a lo largo del río Hudson que Orozco realizaba y culminaban en los cabarets y teatros, disfrutaba apreciar del contraste social que las calles y barrios le daban, como el del Harlem, los italianos y judíos con sus complejidades culturales, o los afroamericanos beneficiados con la movilidad social. José Clemente podía ir de China a Japón, estar en Italia o Tierra Santa con solo cruzar un puente o atravesar una avenida de la gran manzana.

Orozco conoce a Alma Reed, periodista norteamericana que había sido prometida del gobernador de Yucatán Felipe Carrillo Puerto, quien fue asesinado en aquella rebelión delahuertista. La amistad que el pintor jalisciense estableció con la periodista será muy productiva, pues gracias a ella, gran parte de su obra en galerías y círculos de intelectuales fue conocida.

El artista participó del llamado Círculo Délfico, un grupo de intelectuales creado por iniciativa de Eva y Ángelos Sikelianos, matrimonio entusiasta del movimiento nacionalista griego y que veían en la obra de Orozco referencias al campo y espacio heleno que Ángelos evocaba en su poesía, cargada de pasión y amor a la tierra.

Delphic Studios, Junior League (1931, Nueva York)

En aquel grupo un día se podía hablar de la grandeza cultural helena, otro sobre la causa de Mahatma Gandhi y la importancia de erradicar el imperialismo y la explotación de los pueblos milenarios como el hindú; ahí acudían personajes como Sarojimi Naidu promotora de la causa de Gandhi quien narraba con pasión y elocuencia cómo la resistencia de un pueblo en contra de la dominación británica estaba en las ruecas y telares de las casas indias, o las playas, donde los indios salían a producir su propia sal contra la prohibición imperial británica de ambas actividades.

Orozco encontró eco de lo realizado en las grisallas de San Ildefonso —la cruz impuesta sobre serpientes que evocan a Quetzalcóatl— en las discusiones de aquel círculo délfico, cuyo pensamiento universal y teosófico era compartido en la poesía y discusiones políticas en contra del imperialismo y la ultraderecha fascista, un espacio en que se establecían coloquios sobre la riqueza cultural de los pueblos milenarios griego, indio o mexicano.

La figura mítica de Prometeo la cristaliza en Pomona College gracias a la invitación del pintor español José Pijoan. Orozco no representa un mito estático, para Orozco Prometeo es un mito fugitivo del devenir humano, que se escapa siempre al presente del hombre, un proceso recurrente de creación constante: el mito es una referencia del espíritu de creación humano, que ha estado ahí. El mural Prometeo, representado de modo monumental en el Frary Hall del Pomona College de California en 1930, es un mural imponente que somete al espectador a la sensación de estar ante un dios, un titán que da el fuego de la creación a la humanidad.

En 1930, en el vestíbulo del salón número 705 de la New Social School Research en Nueva York, José Clemente crea un mural llamado Alegoría de las ciencias y las artes, de nuevo la trinidad, los constructores evocados en San Ildefonso, antes revolucionarios, por la acción de la guerra y la justicia social ahora conforman una triada donde arte, trabajo y ciencia dialogan. La revolución es ahora una, a nivel universal, pues están representados Felipe Carrillo Puerto, Lenin y Mahatma Gandhi, una visión intelectual civilizada y transformadora del mundo de tiempo.

Con la parquedad que lo caracterizó siempre, Orozco hacía evocaciones no acabadas de nombrar; en él siempre estuvo presente la intención de no dar nombres concretos a sus obras, era una posibilidad de dejar al espectador hacer su propia construcción. Sin embargo, sería ingenuo pensar que en un mundo donde la clasificación y la obsesión por lo estético no hubiese recibido críticas corrosivas, pero Orozco defendió todo el tiempo la libertad de decir lo que pensaba: decirlo de manera critica, en un mundo poco tolerante, fue una particularidad en su obra. Los personajes representados no fueron muy bien recibidos; sin embargo, ahí siguen conviviendo, bajo el pincel de Orozco y su postura de una universalidad civilizada y dialogante.

Entre 1932-1934, en la biblioteca del Dartmouth College, en la localidad de Hanover en el estado de New Hampshire, Orozco lo hará de nuevo; sin embargo, en esta obra comprenderá una revisión más extensa no sólo en los 2,030 metros cuadrados de obra mural: su trabajo será una referencia total de la historia de la humanidad, donde sus paradojas y progresos se reúnen sin cortapisas.

José Clemente Orozco, Prometheus, 1930,  
Fresco, 610 x 869 cm,  Pomona College, California. Foto © Fredrik Nilsen



BIBLIOGRAFÍA

  • Matute, Álvaro. La revolución mexicana: actores, escenarios y acciones. Vida Cultural y política 1901-1929. México, Editorial Océano, 2002.
  • Ramírez, Fausto. Modernización y modernismo en el arte mexicano, México, UNAM, 2008.
  • Roura, Alma Lilia, Olor a tierra en los muros. México, Educal, 2010.
  • Tibol, Raquel. José Clemente Orozco: Una vida para el arte. México, FCE, 2009.


Historiador y Coordinador de Voluntariado y Servicios al Público de Colegio de San Ildefonso. 

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