MEMORIA COMPARTIDA

La última gota del manantial en la Escuela Nacional Preparatoria

Jonatan Chávez*  


Foto: Archivo

De acuerdo con el programa de edificios de la UNAM, manifestamos a ustedes que próximamente quedarán concluidas las obras de los nuevos edificios para albergar a los planteles 1 y 3 de la Escuela Nacional Preparatoria, por lo que el cambio a las nuevas instalaciones se ha proyectado para el año lectivo 80/81. Esperando contar con su colaboración para este proceso, quedamos de ustedes.

 Comunicado de la Universidad Nacional Autónoma de México
Agosto de 1980.


No hay plazo que no se venza ni fecha que no se cumpla: para 1980, los destinos de la Escuela Nacional Preparatoria ya habían sido dictados, pues la población estudiantil de la última generación habría de ser trasladada a la brevedad a los planteles que nuestra máxima casa de estudios realizaba para atender la demanda educativa con instalaciones modernas y sin duda con mayor capacidad, como el plantel uno Gabino Barreda ubicado en Xochimilco y el número tres Justo Sierra en Aragón. 

Si bien la razón era incuestionable, la ejecución no sólo ponía en vilo a una generación que quizás a su ingreso aspiraba a formar parte de una tradición ya esencial de la educación: pertenecer a la Escuela Nacional Preparatoria y en consecuencia, ser universitario y haber tomado clases en el magistral Colegio de San Ildefonso —que desde 1867 fue la cuna de la educación laica del México moderno—, era más que orgullo un asunto de pertenencia, que todo universitario manifiesta como propio.

Los alumnos no permanecieron ajenos: la decisión tomada por la rectoría, que ante la proximidad del concluir el semestre aprovecharía para la migración de la población estudiantil, se movilizó y se dieron a la tarea de redactar una carta dirigida al rector Guillermo Soberón, la cual fue leída a todo el estudiantado salón por salón para su conocimiento.

La estructura de la carta exponía las consecuencias que para estudiantes y trabajadores implicaría la ejecución de esta decisión, así como la propuesta desarrollada en cinco puntos para mantener la actividad educativa del ex colegio jesuita fundado en el siglo XVI. 

Entre las propuestas de facto estaba la continuidad de la labor académica para todos los estudiantes en San Ildefonso: planteaban la separación de las labores administrativas de cada plantel ya que —no se debe olvidar— desde hacía varias décadas por la mañana se atendía el plantel número uno, mientras que el turno vespertino correspondía a la preparatoria número tres. Se solicitaba asimismo la expropiación de predios aledaños al colegio para el traslado del personal y que los edificios de las nuevas preparatorias se convirtieran en los planteles 10 y 11, con lo que se beneficiarían más de ocho mil nuevos estudiantes, quienes podrían acceder a la educación media superior. 

Todo esto se exponía sin pretensión de confrontación política: los firmantes de aquella carta eran preparatorianos que solo deseaban mantener la continuidad histórica que representaba el pertenecer al barrio universitario y que ante la modernidad y decisiones aleatorias ponía en riesgo la fragmentación de una tradición educativa, quizás de las más sólidas en México. 

A dicha carta se le anexó un expediente de 52 hojas que llevaban la firma de 1365 estudiantes, con copias para el director general de prepas y los dos directores que despachaban en San Ildefonso; sin embargo, los destinos de la Preparatoria ya se habían decidido y en agosto del mismo año la última generación debería trasladarse a sus nuevos planteles, una decisión inapelable.

La nostalgia por dejar el espacio que durante siglos había sido dedicado a la educación, era inminente: los estudiantes se consolaron con la sensación de intentar persuadir a las autoridades; al no lograrlo, se dispusieron a la preparación de sus exámenes finales y el cierre de ciclo escolar, a reconocer el espacio físico del inmueble y la historia resguardada del mismo. El maestro Roberto Villaseñor Espinosa impartió una visita guiada al salón El Generalito, que al finalizar, fue acompañada de goyas entusiastas.

En noviembre, en el Anfiteatro Simón Bolívar al pronunciar el discurso final a los estudiantes, el representante de la sociedad de alumnos llamó a esa generación La última gota del manantial de San Ildefonso. Así lo narra Luis Eduardo Garzón, miembro de aquella generación.

Dos años solo faltaron para que se cumpliesen cuatrocientos desde la fundación del edificio a aquel comunicado emitido por la UNAM, la oposición de los alumnos se afianzaba en mantener la continuidad de una tradición que de ser abandona, no abonaba en lo absoluto a la labor que por siglos había tenido el Colegio de San Ildefonso.

Árbol fundacional de la educación en México, su devenir formador se impuso a épocas y tiempos de caos, testigo activo de la historia nacional, muchas veces amenazado y traicionada su labor educadora, pero siempre firme por su profunda raíz, como faro intermitente, a través del tiempo irradió conocimientos ya fuese, Colegio jesuita, Seminario Imperial, Escuela Nacional, cimiento fundacional de la Universidad, cuna del muralismo, ahora como recinto cultural reconecta con su tradición, espacio donde las voces de otros tiempos se reúnen a dialogar, a evocar y mantener en la memoria que este espacio fue creado para hacer de la utopía un lugar posible.

Foto: Archivo

Bibliografía

  • Los 100 años de la UNAM. México, Ediciones La Jornada, 2010.
  • Garzón Lozano, Luis Eduardo. La historia y la piedra. México, Porrúa, 1998.
  • Maravillas y curiosidades: Mundos inéditos de la Universidad. México, ACSI. 2002.
  • Tiempo universitario. México, ACSI, 2010.
  • Escuela Nacional Preparatoria. Imágenes y pinceladas de sus protagonistas. México, UNAM-ENP. 2014.
 

* Historiador y Coordinador de Voluntariado y Servicios al público del Colegio de San Ildefonso.



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