MEMORIA COMPARTIDA

Colegio de San Ildefonso
Patrimonio cultural de México

Jonatan Chávez*

Los muros rojos de San Ildefonso son negros y respiran: 
sol hecho tiempo, sol hecho piedra, piedra hecha cuerpo…

Octavio Paz 
Fragmento del Nocturno de San Ildefonso 


Inauguración de la Universidad Nacional, 
Anfiteatro Simón Bolívar, 1910. Fototeca INAH


El Colegio de San Ildefonso lleva en su origen la misión ineludible de educar, y a lo largo de su existir se han gestado momentos históricos que así lo refieren. Su continuidad educativa —siempre presente desde la labor misionera—, dio paso a una institución educativa laica, que con ello refrendó su importancia como espacio formador de innumerables generaciones.

Comandados por el padre provincial Pedro Sánchez, quien dirigió los destinos del Real y más Antiguo Colegio de San Pedro y San Pablo, y de San Ildefonso como colegio-residencia para jóvenes, éstos, que más tarde serían misioneros, también tenían la opción de ser educados y después reincorporarse a la vida cotidiana; el vínculo jamás rompía la cohesión cultural generada por la educación jesuita impartida en San Ildefonso, espacio que durante 183 años marcó un referente, desde su creación en 1583, hasta la expulsión de la orden en 1767.

Hubo intersticios en los que la labor educativa dejó de impartirse: funcionó como barracas para el cuarto batallón del regimiento de Flandes, cuando se implantó en el virreinato la milicia. En 1816, Fernando VII, en aras de congraciarse con sus súbditos, restituyó sus bienes a los jesuitas para que más tarde San Ildefonso, con la independencia definitiva de México en 1821, tuviese múltiples usos.

En 1833, fue sede de las cátedras de jurisprudencia y odontología. Con las invasiones norteamericana y francesa, los patios del Colegio fueron utilizados como caballerizas; el gobierno del Segundo Imperio le asignó el nombre de Colegio Imperial de San Ildefonso.

Con el triunfo del gobierno liberal de Benito Juárez se puso atención en la necesidad esencial de crear un organismo educativo, que generara sentido de ciudadanía a los mexicanos, lo que dio origen a la Ley de Instrucción Pública de diciembre de 1867. Así nació la Escuela Nacional Preparatoria, que bajo la dirección de Gabino Barreda y el método positivista tomado de la filosofía de Augusto Comte, sentó las bases para la creación de una de las instituciones educativas más sólidas del México independiente.

Como Escuela Nacional Preparatoria, el Colegio de San Ildefonso vio nacer a la Universidad Nacional de México. Justo Sierra, ministro de educación, visualizó una universidad moderna y progresista, espacio necesario para la profesionalización y el desarrollo del país. Pasado y presente se reunieron de nuevo para cimentar la modernidad y dar a los mexicanos instituciones educativas, con sentido de identidad y pertenencia. 

La política educativa de José Vasconcelos entregó los muros de la Preparatoria, en 1922, a Diego Rivera, José Clemente Orozco, David Alfaro Siqueiros, Ramón Alva de la Canal, Jan Charlot, Fermín Revueltas y Fernando Leal, para dar origen a un movimiento plástico que hasta el día de hoy es referente en la historia del arte mexicano: el muralismo.

En torno a la Preparatoria de San Ildefonso se aglutinaron las escuelas que dieron origen al Barrio universitario. Las facultades albergadas en edificios de otros tiempos detonaron en los estudiantes el sentido crítico, la lucha por la libertad de cátedra y la libertad de expresión en contra de la represión, como acervos patrimoniales de la nación.

El espacio arquitectónico del Colegio es único en su género, donde se reúnen la sobriedad y monumentalidad del barroco novohispano, aunque la pátina del tiempo ha impreso en sus muros su huella indeleble, en más de una ocasión la condición física lo ha puesto en vilo, como en los sismos de 1957 y 1985; sin embargo, la solidez de sus cimientos mantiene en pie toda su historia.

En 1987, la UNESCO declaró al centro histórico de la Ciudad de México Patrimonio Cultural de la Humanidad. En el cuadrante protegido está el Colegio de San Ildefonso, con lo que se refrendó la trascendencia histórica, artística y cultural que en sí mismo el inmueble representa para la nación.

En 1992, la UNAM convocó a Ricardo Legorreta para la habilitación del Colegio de San Ildefonso, ahora como recinto cultural para exhibir exposiciones temporales. El arquitecto comentaba que los edificios son como las personas, conforme pasa el tiempo no volverán a ser como antes y son los gestos del pasado los que marcan las expresiones del presente. En este caso, San Ildefonso es ejemplo único en donde la reunión del pasado con el presente y futuro es posible: su misión reasignada de espacio cultural, educativo y museo, es avalada por los murales y recintos que en su interior se resguardan.

La grandeza del pasado está en la memoria de miles de mexicanos que transitan por sus pasillos y salas de exhibición; es un espacio de diálogo y conocimiento, que se trasmite a las nuevas generaciones. El Colegio de San Ildefonso será una posibilidad, sus épocas no se traicionan, no se borran, no se contradicen: son procesos continuos de saberes que hacen del colegio, el seminario, la escuela nacional, de la prepa, del recinto cultural, el lugar de todos.

Bibliografía
  • Escuela Nacional Preparatoria. Imágenes y pinceladas de sus protagonistas. México, UNAM-ENP, 2014.
  • Garzón Lozano, Luis Eduardo. La historia y la piedra. México, Porrúa, 1998.
  • Los 100 años de la UNAM. México, La Jornada, 2010.
  • Maravillas y curiosidades. Mundos inéditos de la Universidad. México, ACSI. 2002.
  • Tiempo universitario. México, ACSI, 2010.

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