SAN ILDEFONSO EN EL TIEMPO

Cofradías y devociones jesuitas (III/III) 

Jonatan Chávez* 
Tres cosas hay que me desbordan…
el camino del águila en el cielo, el camino de la serpiente
por la roca y el camino del navío por alta mar… 
Proverbios, 30,18,19. 

Se dice que la necesidad mueve la voluntad de los hombres. América contribuyó al establecimiento de una red de comunicación global, sus riquezas materiales, civilizaciones y nuevas geografías, pronto convirtieron a Castilla en un imperio de conexiones que surcaban los océanos. Una de las más importantes era la del Galeón de Manila que zarpaba desde el puerto de Acapulco con destino a las Filipinas para intercambiar las preciadas especias por la plata extraída de las minas de Zacatecas, Taxco y Pachuca. La ruta que siglos atrás posicionó a Estambul como la capital de la seda, ahora era un inmenso comercio ultramarino que volvió a la ciudad de México en la capital de la ruta de la plata y el comercio con Asia.

En 1573, cuando quedó establecida la ruta de la Nao de China, el tornaviaje requería subir hacia el norte hasta el mar de Japón para tomar los vientos que lo empujara a la costa norteamericana y así, bajar por la costa del Pacifico novohispano donde encontrar insumos y avituallamientos. La evangelización y presencia jesuita en la región no fue una mera pretensión cristiana de llevar la palabra de Dios a los grupos seminómadas, también consistió en establecer misiones, presidios y puertos de resguardo para los galeones. De este modo, San Francisco, San Diego y San Blas se convirtieron en asentamientos estratégicos.

Por tanto, septiembre y octubre eran meses de intensa actividad económica provocada por las rutas comerciales. Los puertos de Acapulco y Veracruz, así como las ciudades de Jalapa y Taxco se llenaban de comerciantes, ganaderos, colonos y buscadores de riqueza que llegaban a hacer las Indias. Varias ferias se desarrollaban en ciudades del Camino Real de Tierra Adentro como Texcoco, San Marcos, Guadalajara o Jerez, donde se hacía gala de todos los oficios con embalajes, belices, baúles y herrajes, y donde el gremio de los curtidores y herreros hacían negocios. El 21 de septiembre se evocaba al evangelista San Mateo, Santo Patrono de aduaneros, cambistas, administradores y de todos los oficios comerciales.

Octubre estaba destinado a la llegada de los virreyes y autoridades enviadas desde la metrópoli. Mantenerlos a salvo de los piratas y corsarios que mantenían el control del Golfo era misión de la armada española. El 10 de octubre se conmemoraba al padre San Francisco Borja, tercer general de la orden, quien se esforzó por persuadir a Felipe II para que permitiera que los jesuitas llegaran a la Nueva España. Las comilonas y convites en honor a las autoridades recién llegadas hacían gala de las mejores cerámicas y talaveras producidas en ciudades como Puebla, Guanajuato y Guadalajara, obras que lucían el oficio de los loceros.

El sincretismo de la celebración de Todos los Santos con la visión precolombina que en noviembre festejaba el fin del ciclo agrícola iniciado en mayo, dio lugar a una de las ceremonias más atractivas y vistosas del periodo virreinal: altares adornados con flores de cempasúchil, papel picado, velas, panes, frutas y dulces en formas graciosas de calaveras y panes de bizcocho con forma de muertos o bultos coronados con bolitas que representan cráneos y tibias cruzadas. A finales del mes comenzaban las misas del domingo más cercano a la fiesta de San Andrés, que preparaban el Adviento.

Diciembre iniciaba con la celebración de San Francisco Javier, misionero jesuita ejemplar para todos los integrantes de la compañía, y cerraba con un ciclo de festejos marianos que reunía a todos los estamentos de la sociedad virreinal en procesiones, mitotes y festejos; iniciaba el día nueve con la aparición de la virgen de Guadalupe a Juan Diego en el cerro del Tepeyac y el doce, se celebraba a la Virgen. El guadalupanismo, más allá de una devoción se convirtió en un fenómeno de amalgama cultural. Maravilla americana y conjunto de raras maravillas es una publicación esencial que constata el fervor del culto mariano y una base del criollismo novohispano, que originó las llamadas pinturas tocadas del ayate de Juan Diego, repartidas por todos los rincones del virreinato durante el siglo XVIII.

La fiesta de la natividad del 24 de diciembre coincidía con el solsticio de invierno, que en la cosmovisión prehispánica se conmemoraba con el nacimiento del dios Huitzilopochtli. A su vez, la Cuetlaxóchitl o flor de Noche Buena, que en tiempos de la conquista revestían el hedor de la sangre, ahora rodeaba los belenes que imagineros, talladores y doradores hacían para los novenarios en iglesias y casas particulares.

El proceso cultural de la sociedad novohispana constituye el resultado de amalgamas y movimientos humanos. Los jesuitas, hombres del renacimiento, inmersos en aquellos procesos, dieron continuidad a una de las características esenciales de la cultura occidental: la capacidad de adaptar e incorporar nuevos procesos y lenguajes.

*Historiador y Coordinador de Voluntariado y Servicios al Público del Colegio de San Ildefonso 

Bibliografía 

  • Gonzalbo Aizpuru, Pilar. Educación, familia y vida cotidiana en el México Virreinal. México, COLMEX, 2013.
  • El arte de las misiones de la Nueva España 1600-1821. México, ACSI, 2009.
  • Decorme, Gerard. La obra de los jesuitas mexicanos durante la época colonial. 1572- 1767.
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  • Chevalier, Jean. Historia de los latifundios en México. México. F.C.E. 1997.
  • Sellner Christian, Albert. Calendario Perpetuo de los Santos. España, Eldhasa, 1994.
  • Vargas Lugo, Elisa. El Real y Más Antiguo Colegio de San Ildefonso. en Antiguo Colegio de San Ildefonso, México, NAFIN, 1997.
  • Viqueíra Alban, Juan Pedro. ¿Relajados o reprimidos? Diversiones públicas y vida social en la ciudad de México durante el siglo de las luces. México, F.C.E. 2001.
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