SAN ILDEFONSO EN EL TIEMPO

HISTORIA

El Colegio Chico o el Patio de Novicios del Colegio de San Ildefonso


En 1572, los jesuitas llegaron a la Nueva España con una misión evangelizadora que completaron con una misión educativa, una tarea fundamental desde el origen de esta orden. Con este objetivo, construyeron el Colegio de San Ildefonso gracias al patrocinio y la donación de Alonso de Villaseca, de 224 mil pesos duros de plata y los solares para levantar la primera edificación.

Resulta importante señalar que los jesuitas dividieron en dos al entonces Real y más Antiguo Colegio de San Pedro y San Pablo y San Ildefonso, con la finalidad de separar a aquellos alumnos que pagaban por recibir su educación sin el compromiso de ser sacerdote de dicha orden (Colegio Grande, actualmente Colegio de San Ildefonso) de los que estudiaban para ser novicios (Colegio Chico, actualmente Museo de la Luz).

El Colegio Chico, también llamado Patio de Novicios del Colegio de San Ildefonso, es, sin duda, la estructura que aún resguarda un aspecto más cercano al original que tuvo en los siglos XVI y XVII; su dimensión, estructura y nombre son evidencia de ello.

Como mencionamos anteriormente, se le llamó así, porque fue un espacio asignado para aquellos estudiantes que habrían de tomar los cuatro votos de la compañía (obediencia, pobreza, castidad y obediencia total al papa), ceremonia que se llevaba a cabo en la Iglesia de la Profesa, junto con el otorgamiento del nivel de bachiller, tras la aplicación del examen de grado en el salón de actos de la Real y Pontificia Universidad de México.

En siglo XVIII, el diseño del Colegio Chico fue modificado por Pedro de Arrieta, autor de todo el complejo arquitectónico, del cual se preservan elementos que hoy son muy importantes para entender la labor jesuita, como son el relieve historiado del patrocinio de San José a la compañía y la hornacina que resguarda una imagen de la virgen del Rosario, devoción dominica colocada para reconocer y agradecer el hospedaje y apoyo por parte de la orden mendicante, a la llegada de los jesuitas a finales del siglo XVI.

El diseño de las ventanas y los decorados corresponden al estilo barroco novohispano que contrasta con la inserción de las ventanas añadidas de manera arbitraria en el siglo XIX, así como la sala Fósforo, acondicionada a este recinto cuando la filmoteca de UNAM fue trasladada en la década de los ochenta. ¿Cómo se pudo deducir esto? Tras el terremoto de 1985, se realizaron excavaciones para efectuar trabajos de recimentación, pues el inmueble sufrió daños importantes. Las obras dejaron al descubierto el nivel original de la calle y develaron escalinatas y muros cegados, resultado de procesos constructivos anteriores, que aún esperan ser explicados por los especialistas.

En los muros que rodean el patio, aún se puede ver el fresco del guardapolvo y los desprendimientos del repellado dejan ver el alma de los muros hechos de argamasa, reminiscencia precolombina adoptada por la arquitectura occidental. Las canaletas en cada ángulo del patio tenían la función de captar el agua de lluvia de los botaguas y así contar con su abasto permanentemente. Ya como Preparatoria Nacional, durante el movimiento muralista, David Alfaro Siqueiros plasmó su obra en todo el cubo de la escalera. De su obra se hablará en otra entrega.

En 1992, durante el proceso de adaptación del Colegio de San Ildefonso como recinto cultural, el Patio Chico quedó fuera del proyecto, pues en aquel momento ahí se encontraba, desde 1983, la filmoteca de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM); en 2010 el Colegio acogió el Museo de la Luz, que fortalece la continuidad histórica del complejo arquitectónico como espacio dedicado a la educación y la cultura.

Como se puede observar, el Colegio de San Ildefonso ha trascendido en el tiempo no solo como un espacio destinado a la educación, pues en él fueron depositados muchos ideales y aspiraciones de quienes lo fundaron, habitaron y lo ampliaron, respetando una arquitectura sólida y monumental. Lo imposible tuvo cabida, el espíritu humanista jesuita del siglo XVI inspiró el proceso educativo y cultural vasconcelista del siglo XX: la labor de ambos mostró que las utopías podían convertirse en realidad.


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